lunes, 20 de junio de 2016

Teresa Carreño y la Primera Guerra Mundial





 Por Jesús Eloy Gutiérrez
La guerra en distintos escenarios estuvieron rondando la vida de la artista venezolana de todos los tiempos: ella y su familia se fueron de Venezuela en el marco de la Guerra Federal; llegaron a Estados Unidos en medio de la Guerra de Secesión norteamericana; finalizando la década de 1860 debió permanecer en Londres más tiempo del previsto con motivo de la guerra franco-prusiana y finalmente la Primera Guerra Mundial marcó significativamente los últimos años de su vida. En estas líneas abordaré justamente los pormenores de Teresa en tan importante acontecimiento de la historia Universal.
Para 1914, la auto adjudicación del mundo iniciado en el siglo XIX por las potencias coloniales europeas había terminado. Italia y Alemania quedaron fuera del botín. Desde finales del siglo XIX se había ensayado la política del equilibrio de poder entre las potencias, la conocida “paz armada”, pero los intereses económicos, los nacionalismos y las errátiles maniobras diplomáticas mantenían a Europa dividida en dos campos antagónicos.
El 28 de junio de 1914, con la declaración de la guerra de Austria a Servia se inició una contienda (“Gran Guerra” como se le llamó entonces) que se generalizó en toda Europa, y que luego, con la intervención de Inglaterra y Estados Unidos, se convirtió en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y en uno de los cincos conflictos más mortíferos de la historia humana.
Se ponía a prueba el poderío militar e industrial del momento. Alemania se había ubicado en el bando de La Tripe Alianza, que integraban además Austria-Hungría. En la acera del frente, estaba la Triple Entente, integrada por Francia, el Reino Unido y el imperio ruso. Se contabilizaron 70 millones de militares escenificando esta contienda con consecuencias desbastadoras para los distintos países en los que se desarrollaba.
Esta situación comprometió la actividad concertística y la vida de Teresa, quien se vio limitada para desplazarse por el continente europeo, incapacitada para movilizar sus recursos depositados en una cuenta bancaria alemana y por el aumento en los costos para llevar a cabo sus tours de conciertos. A ello se le sumaba las dificultades propias de cualquier guerra.
A pesar de ello la artista, al principio, conservaba un espíritu positivo en torno a su futuro inmediato, gracias a las ofertas de nuevas temporadas en Alemania, Escandinavia, Holanda y España, como se lo hace saber al empresario Cochran en una carta del 3 de julio de 1915. Incluso, insiste la artista, si las circunstancias no fueran favorables para que algunos de esos conciertos tuvieran lugar, considera que todavía tiene tantos compromisos, que aún así terminaría siendo una temporada provechosa. Y si esto fallase, contaba con sus alumnos para “hacer buenos ingresos”.
El Mundo Habanero, periódico de la capital cubana, unos años más tardes, refiriéndose a esta situación y a Teresa, la resume en estos términos: “Desde que estalló la guerra europea, se notó cierta tendencia a ‘boicotear’ mutuamente las grandes producciones artísticas de los países beligerantes. Como por encanto desaparecieron de los programas de Berlín obras de compositores franceses, rusos y polacos. Solamente Teresa Carreño se atrevió a romper con el estado de cosas y a ella, nada más, se lo toleraron”.
En este clima bélico, no es nada extraño que fuese considerada como espía. En muchas oportunidades durante sus giras se le detenía continuamente, era interrogada, examinada y después de haber llenado todos los requisitos exigidos la mayoría de las veces se le impedía seguir su camino.
En una ocasión, en la neutral Escandinavia, las autoridades la acechaban sin cesar y caían sobre ellas a toda hora del día y de la noche en demanda de pasaporte, certificado de matrimonio, cédulas y otros documentos; y después de largos y penosos interrogatorios, la integridad de los documentos presentados no era posible ser verificada y los oficiales, a regañadientes, se veían obligados a dejarla seguir su camino.
En la propia Alemania, los agentes de seguridad de las estaciones de ferrocarriles la trataban con determinación militar y la conducían a cuartos de vestir, donde la registraban de pie a cabeza, buscando secretos militares en sus ropas, deshacían su cabellera entre la que le buscaban informes propios de los espías.
Además, la guerra ha significado para la artista una gran pérdida en sus finanzas, pues tiene que dar una cantidad mayor de conciertos por menores honorarios. Pero también, se vio afectada en el tema emocional, ya que sus hijos van a estar sometidos a constantes humillaciones y experiencias desagradables. El caso más grave fue el Teresita, quien resultó prisionera en Argelia acusada de espía y que motivó todo un movimiento diplomático para su liberación. Finalmente se logró gracias a las gestiones de Arturo Tagliapietra, quien sin notificarle a Teresa el asunto, pues ella en ese preciso momento se encontraba convaleciente de salud, pudo gestionar con el consulado americano en Argelia para que la liberaran y la enviaran a Palma de Mallorca, y de allí a Barcelona.  Poco después le tocaría a su hijo Giovanni, quien es arrestado también como espía alemán.
En los años finales del conflicto bélico, solo pudo visitar, además de sus conciertos en Alemania, algunos escasos países, Escandinavia, Austria, Hungría, Rumania, lo que es hoy la República Checa y España. En la península escandinava estuvo desde el 20 de agosto de 1915, realizando más de 40 conciertos en las ciudades más importantes, tales como Estocolmo, Upsala, Kristiana, Stavanger, Gotemburgo o Copenhagen, entre otras. Así estuvo hasta principios de diciembre de ese año. Se sabe por correspondencia entre el Arturo Tagliapietra y Cochran que para entonces Teresa adquirió un fuerte resfriado, sin embargo no tendría mucho tiempo para descansar, pues apenas hubiese retornado a Berlín, le esperaban unos conciertos en Múnich y Berlín. Así era la dinámica de la vida de la artista.
En cuanto al país ibérico, fue invitada de honor del rey Alfonso XIII y de su madre María Cristina durante 1915, luego que había cumplido una serie de conciertos con la Sociedad Filarmónica de Madrid, presidida entonces por el marqués del Castelar. Esta visita a la familia real española fue uno de los más significativos para ella en estos últimos años, como ella misma lo relató luego. Al año siguiente volvería para sus postreros conciertos en la capital española, presentándosele algunas contrariedades a causa de la guerra.
En esta ocasión, Teresa y su esposo Arturo, luego de las presentaciones, debieron permanecer tres meses más en Madrid por dos razones: su salud se vio afectada; y lo más grave: las autoridades militares francesas no les permitían regresar a Berlín, debido a las circunstancias bélicas. Una vez solventados estos inconvenientes, la artista ya tenía planificado lo que haría: permanecer en la capital alemana para la boda de su hija Eugenia; viajar a Estados Unidos y La Habana para una nueva temporada de conciertos. Añoraba aquellas regiones donde pudiera sentirse en completa libertad.
A sus sesenta y tres años de edad se sentía agotada, aunque con muchas fuerzas para seguir en su camino en el arte al cual había decidido dedicar su vida. Solo que la Europa de entonces no era ahora el escenario propicio para ello. Como decía Cicerón: “Las leyes callan cuando las armas hablan”. Esto era justo sumarle una preocupación más a su agitada de vida por las constantes giras. Por lo pronto una nueva travesía la esperaba: el vapor Oscar II que la traería de regreso a Nueva York.
Fotografías e imágenes: 1) Primera Guerra Mundial: Revistaseptiembre.com. 2) De Teresa Carreño, Archivo Histórico Teresa Carreño/Centro Documental TTC.

sábado, 21 de mayo de 2016

Himno a Bolívar: imagen fugaz de Teresa Carreño (1853-1917)



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 
Por Rhazes Hernández López*

El nombre de Teresa Carreño ha venido creciendo con el tiempo, ya que su figura de lauda pianista de proyección universal y permanente, parece retornar a lo viviente, al existir de las presencias indestructibles en el tiempo con su halo idealizante de inmortalidad. Teresa Carreño, como aquella exquisita en el poético estro y como ella, avileña, está, la nuestra; también de Berlín y Nueva York, pues no debe olvidarse que Walter Niemann, la recuerda en sus escritos como la “mamá de Berlín”, cuando en esa ciudad sentó sus reales como una de las pianistas y pedagogas más famosas de su tiempo. También en la ciudad del Norte su nombre fue tan connotado como no menos en Boston en la edad de su infancia, cuando allí presentándose como solista con la Orquesta Filarmónica. Cumplía diez años de edad.
Ya se ha escrito en lo relacionado con la historia del pianismo que sólo cuatro grandes mujeres del siglo romántico han quedado con indelebles nombres en el tiempo: Clara Schumann, Sofía Menter, Annette Essipof y Teresa Carreño, nombres que se concatenan por la grandeza elocuente y la alta elevación de un arte incomparable, y que se ha representado en el piano.
Teresa Carreño, bella mujer de una avasallante personalidad, renace hoy por sí misma, renace en la florescencia de su propia música, en el espíritu de su propia obra, en las hermosas páginas que concibiera sobre el estilo de su tiempo, música que llega alcanzar cima celeste al ser escrita con la propiedad debida para el instrumento que dominaba como pocos ejecutantes de esa época del llamado Siglo de las Luces. Y en realidad que lo fue por la galaxia infinita a la cual perteneció donde tantos relevantes nombres uncidos al sonido, a la palabra, al verso, al color, al mármol de Rodin, a las fueras telúricas inmanentes de un culto medio, en la sangre verberante de los que señalaron proféticamente el mundo del arte de nuestros días, en la ciencia, en la cultura… Fue allí donde emergió el perfil de límpido pétalo, de rosa de marfil, la imagen de Teresa Carreño, imagen misma de su época, con su rostro de jazmín y alabastro, tal como si fuese lienzo de Delacroix, el mismo donde se plasma la fina transparencia de Chopin. Allí, en ese rostro este gran maestro del “couleur” hubiere hallado la plasticidad requerida –anímica y física– para dejarlo como aquel tan expresivo del autor de las Baladas y Nocturnos.
El catálogo de las obras de Teresa Carreño no es realmente muy amplio; más, de las páginas que hoy se conservan de la pianista y compositora, hallamos que a la par de sus coetáneos, supo incursionar felizmente en piezas de sublimidad, buen gusto y clara elaboración, piezas de concierto donde el piano escuchándose con su propia personalidad sonora, donde la autora realiza la búsqueda de su “color” para lograr el matiz requerido por medio de la pulsación bien dirigida. Valses, Danzas, Elegías, Nocturnos, amén de otros trabajos sobre los esquemas de las “formas menores” del Romanticismo, las cultivó con numen y talento, estro, ángel y duende, plasmando así la hoja de álbum antológica; la obra sustentada por el genio e ingenio, por la sensibilidad y el “pathos” de fecunda herencia…
Su Himno a Bolívar, sobre el texto del poeta y prosista, Don Felipe Tejera (1846-1924), caraqueño de nacimiento como esta Teresa abulense, como también aquel cisne del motete excelso y del Ave María Stella; es un himno de vigoroso ímpetu, un himno de fuerza anímica e inspiración masculinas. Allí la autora se escapa del común estilo, del tipo de pieza cuya metrificación silábica generalmente puede conducir al compositor de corto vuelo hacia el nivel menor; más, nuestra artista creadora deja a la posteridad una partitura plena de belleza y dignidad. Su música da al texto su valimiento de verso y poesía que en sí guarda, texto de heroico canto que se emparenta a lo épico por la elocuencia de las imágenes y el altivo verbo del aeda. No es pues un himno más. Es un himno cuya idea temático-musical inflama el sentimiento, alienta y fortalece y da fe hacia un futuro promisor de la patria, gracias a la comunión bendita de la palabra y la música por despertar así dormidas conciencias…
El Himno a Bolívar se estrenó la noche del 29 de octubre de 1885 en el proscenio del Teatro “Guzmán Blanco”, nombre con el que se distinguió en sus primeros años al Teatro Municipal de Caracas. Mas, se recuerda que la obra iba a ser ofrecida por primera vez el 24 de julio de 1843, con motivo de la solemne conmemoración del centenario del nacimiento de El Libertador, lo que no pudo llevarse a efecto en la histórica fecha. La obra fue interpretada bajo la dirección de su ilustre autora, quien en el mismo programa de esa memorable noche, realizó la proeza de tocar y dirigir a su vez el Concierto en Mi Menor de Chopin y una serie de piezas entre otras “Un Saludo a Caracas”, como homenaje de sí misma a la ciudad donde vio la luz.
Walter Niemann, nacido en Hamburgo en 1876, crítico famoso, musicólogo y compositor, discípulo de Hugo Riemann y Engelbert Humperdinck; dejó, como documento fehaciente lo que representaba en arte pianístico de nuestra inmortal artista en una de sus notas críticas, la siguiente frase:
“La ejecución de la Carreño unía, a un máximo despliegue de fuerza y a una manera verdaderamente masculina de plasmar los sonidos, la mayor agilidad y soltura. En esta ejecución participaba todo el vibrante organismo de la artista, que nunca conoció la fatiga. Sus atronadoras octavas, tan personales; sus “staccatos” tan exquisitamente pulidos; el brillo, la intensidad y uniformidad de sus pasajes; la fuerza férrea de sus acordes; la pujanza arrolladora de sus sentimientos; su rítmica grandiosa: todo en ella era, a la vez, incomparable e inimitable”.
Sería prolijo insertar la diversidad de opiniones que sobre nuestra pianista han expresado personalidades como Rossini, Liszt, Brahms, Grieg, Saint Saens, Gottschalk, MacDowell, Paderewski, Leopoldo Damrosch, Anton Rubinstein y el Presidente Abraham Lincoln, así como otras notables figuras de Europa y América que conocieron, trataron y escucharon a la eximia pianista venezolana. Citaremos finalmente lo que expresa Alfredo Casella en su divulgado libro, “El Piano”, al referirse a los grandes virtuosos de la historia:
“Teresa Carreño (1853-1917) bellísima mujer que tocaba el piano como pocos hombres capaces”.
Nuestra artista había nacido en Caracas el 22 de diciembre de 1853, y murió en Nueva York el 12 de junio de 1917 en la hora crepuscular, cuando el Angelus escuchábase en un lejano horizonte. Algún día sus restos, sus gloriosas cenizas, serán conducidas al Panteón Nacional para que allí descansen al lado del poeta que cantó el retorno a la patria. Que así sea.
Caracas, mayo 1971
* Crítico, docente y compositor venezolano nacido en Petare en 1914 y fallecido en Caracas en 1991.
Este arculo fue incluído posteriormente por el Comité Ejecutivo del Bicentenario de Simón Bolívar en la publicación del Himno a Bolívar, realizada en el año Bicentenario, el 24 de julio de 1983.
Imágenes: Fondo Documental Teatro Teresa Carreño
Imagen de Bolívar: httpdelaurbe.udea.edu.co20130806travesia-de-bolivar-por-el-camino-del-quindio