viernes, 19 de enero de 2007

Teresa como compositora

Una faceta desconocida


Por Jesús Eloy Gutiérrez

En una época marcada por los acontecimientos de la llamada Guerra Federal o Guerra Larga (1859-1863), caracterizada por la inestabilidad política, el rezago cultural y el deterioro económico, una niña de siete u ocho años comenzó dar forma a sus primeras composiciones. La ayudaban su facilidad para improvisar y sus cualidades interpretativas, las que hacía tiempo venía educando con el Curso Completo de Ejercicios Diarios para Piano en Nueve Parte, que le había facilitado su padre, Manuel Antonio.


Entre esas primeras piezas, publicadas años más tarde en Boston, se encuentra una polka estrenada en junio de 1861 en el Teatro Caracas por la Banda del Batallón Concepción. Manuel Antonio debía escribir las melodías que su hija creaba en el piano. En ese tiempo era común que, en las casas de cierta posición social, las muchachas tocasen o compusieran valses para piano. Sus obras de entonces están conformadas por dos caprichos de carácter y una serie de quince piezas en los ritmos dancísticos.

Aunque se le conoce principalmente como concertista, en toda su carrera, se contabilizan setenta piezas, dedicadas esencialmente al piano conformadas por composiciones en forma de estudios, obras descriptivas, fantasías, aires de danza y varias obras para coro. Cada una de las cuales estuvieron determinadas por circunstancias personales y profesionales que atravesaba para el momento en que las componía: la emoción de conocer a L. M. Gottschalk la llevó a dedicarle un vals. La muerte de su madre fue motivo para que escribiera La cesta de flores, op. 9; Marcha fúnebre op. 11; La oración, op. 12; Queja, op. 17 y La partida, op. 18. Igualmente, cuando conoció a A. Rubinstein sus composiciones se impregnan de virtuosismo.

La etapa más prolífera que tuvo la Carreño en esta actividad, data de antes o alrededor de 1872, pues a posteriori, sus matrimonios, sus constantes giras y la maternidad no le dejaron tiempo para que se dedicase plenamente a componer. La mayoría de las obras de esta etapa se ubican en los géneros pianísticos de salón, piezas de difícil ejecución y de corte e inspiración románticos. En ese grupo se ubican La cobeille de fleurs, op. 9, Le printemps, op. 25 y La mazurca de salón, op. 30.


La más conocida de sus piezas es el vals Teresita, dedicada a una de sus hijas, se hizo tan famoso en Europa que fue necesario hacer arreglos para piano (simplificado), mandolina y guitarra, piano a cuatro manos, piano y violín, piano, violín y violonchelo, acordeón y orquesta (grande, pequeña y de cuerdas). Se publicó por primera vez por la Casa Fritsch de Leipzig en 1896, tuvo un número significativo de reediciones posteriores y desde 1890 era la pieza de cierre de todas sus presentaciones.

Teresa escribió algunas piezas dedicadas a Venezuela: Himno a Bolívar (para tenor solista, coro mixto y orquesta), basado en un texto de Felipe Tejera (1846-1924), Saludo a Caracas (para piano), Un bal en rève, el Himno al Ilustre Americano (para barítono, coro mixto y orquesta) y Danza venezolana.


Las piezas de mayor madurez y profundidad son el Cuarteto en Si Menor (para cuerda) y Serenata (en cuatro movimientos para orquesta), aunque se pudieran pensar que esa perfección está presente en dos de sus últimas obras Vals Gayo, op. 38 y La fausse note, op. 39, por ser creadas en una etapa en la cual ya estaba consolidada como uno de los grandes músicos de su época.

Su faceta como compositora es el producto natural de ese talento musical que existía en ella combinado con duros años de estudio e interpretación del instrumento al cual dedicó su vida.

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