viernes, 19 de enero de 2007

Teresa Carreño: la más grande pianista de su época


Por Jesús Eloy Gutiérrez

En Caracas, el 22 de diciembre de 1853, nació la primera artista venezolana de fama internacional, quien se convirtió en una de las pianistas más famosas del siglo XIX y comienzo del XX, en una notable compositora, una excelente mezzosoprano y una estricta profesora de piano. Hija de Manuel Antonio Carreño y de Clorinda García de Sena y Toro.

Sus primeros maestros fueron su padre y el pianista alemán Julio Hohené. El 25 de noviembre de 1862, debutó en el lrving Hall de Nueva York. En esta ciudad recibió lecciones del famoso pianista norteamericano de origen alemán Louis Moreau Gottschalk.
Luego se le escuchó en Cuba, la Casa Blanca y París. En la capital francesa tocó ante Pedro Roberto José Quidant, Gioacchino Rossini y Franz Liszt. Este último se ofreció para darle clases si se trasladaba a Roma, lo que no realizó por razones económicas.

Desde París, inició su carrera de concertista que la llevó a visitar países de Europa, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y África del Sur, acompañada de las más famosas orquestas dirigidas por eminentes maestros. Su repertorio incluía conciertos de autores clásicos y románticos.

En 1873, se casó con el violinista Emile Sauret y en 1876 con el cantante de ópera Giovanni Tagliapetra, con quien fundó una empresa de conciertos, la Carreño-Donaldi Operatic Gem Company. Del primero tuvo dos hijos, Emilita y un niño que murió a los pocos días de nacido. De Giovanni tuvo a Lulú, Teresita y Giovanni.

A mediados de 1885, volvió a Venezuela durante el primer gobierno del presidente Joaquín Crespo. Al año siguiente, ya en el “Bienio”, Guzmán Blanco le encarga organizar la siguiente temporada de ópera en Caracas. Al parecer el elenco que logró contratar no llenó las expectativas del público caraqueño y la sociedad de entonces, además, había adoptado una actitud de rechazo hacia una mujer que, por más talento que tuviera, era divorciada y vuelta a casar, algo considerado para la época como un escándalo; fueron boicoteadas las óperas presentadas y la temporada debió ser suspendida.

Luego de pasar por Nueva York, se regreso a Europa y comenzó a desempeñarse como solista de la Orquesta Filarmónica de Berlín. En esta ciudad fijó su residencia. En esta época conoce al pianista Eugene D'Albert con quien se casó en 1892, de quien tendría a Eugenia y Hertha. En 1902, se casaría por cuarta y última vez con su cuñado, Arturo Tagliapetra.

La Primera Guerra Mundial imposibilito que continuara con su actividad concertistica desde Alemania, por lo que luego de realizar una gira por España, se residenció en Estados Unidos. En Nueva York fallecería el 12 de junio de 1917, a los pocos días de regresar de una gira por Cuba que no culminó.
En sus últimos años era evidente el agotamiento general debido a los largos años de excesivo trabajo. Sus cenizas se encuentran en el Panteón Nacional (Caracas Venezuela) desde 1977 y el teatro más importante del país lleva su nombre y le dedica un espacio a exhibir sus objetos y pertenencias.


Entre sus obras más famosas como compositora se cuentan: Himno a Bolívar, A Teresita y Cuarteto para cuerdas en si bemol.

A pesar de ello Teresa sigue siendo uno de los personajes olvidados de nuestra historia. Toda la documentación de ella que vino a Venezuela a mediados del siglo XX sigue sin ser estudiada. Desde la compilación hecha por Rosario Marciano no se han editado más sus composiciones. Su biografía, a la luz de los nuevos documentos hallados en varias partes del mundo está esperando su escritura.

Teresa como compositora

Una faceta desconocida


Por Jesús Eloy Gutiérrez

En una época marcada por los acontecimientos de la llamada Guerra Federal o Guerra Larga (1859-1863), caracterizada por la inestabilidad política, el rezago cultural y el deterioro económico, una niña de siete u ocho años comenzó dar forma a sus primeras composiciones. La ayudaban su facilidad para improvisar y sus cualidades interpretativas, las que hacía tiempo venía educando con el Curso Completo de Ejercicios Diarios para Piano en Nueve Parte, que le había facilitado su padre, Manuel Antonio.


Entre esas primeras piezas, publicadas años más tarde en Boston, se encuentra una polka estrenada en junio de 1861 en el Teatro Caracas por la Banda del Batallón Concepción. Manuel Antonio debía escribir las melodías que su hija creaba en el piano. En ese tiempo era común que, en las casas de cierta posición social, las muchachas tocasen o compusieran valses para piano. Sus obras de entonces están conformadas por dos caprichos de carácter y una serie de quince piezas en los ritmos dancísticos.

Aunque se le conoce principalmente como concertista, en toda su carrera, se contabilizan setenta piezas, dedicadas esencialmente al piano conformadas por composiciones en forma de estudios, obras descriptivas, fantasías, aires de danza y varias obras para coro. Cada una de las cuales estuvieron determinadas por circunstancias personales y profesionales que atravesaba para el momento en que las componía: la emoción de conocer a L. M. Gottschalk la llevó a dedicarle un vals. La muerte de su madre fue motivo para que escribiera La cesta de flores, op. 9; Marcha fúnebre op. 11; La oración, op. 12; Queja, op. 17 y La partida, op. 18. Igualmente, cuando conoció a A. Rubinstein sus composiciones se impregnan de virtuosismo.

La etapa más prolífera que tuvo la Carreño en esta actividad, data de antes o alrededor de 1872, pues a posteriori, sus matrimonios, sus constantes giras y la maternidad no le dejaron tiempo para que se dedicase plenamente a componer. La mayoría de las obras de esta etapa se ubican en los géneros pianísticos de salón, piezas de difícil ejecución y de corte e inspiración románticos. En ese grupo se ubican La cobeille de fleurs, op. 9, Le printemps, op. 25 y La mazurca de salón, op. 30.


La más conocida de sus piezas es el vals Teresita, dedicada a una de sus hijas, se hizo tan famoso en Europa que fue necesario hacer arreglos para piano (simplificado), mandolina y guitarra, piano a cuatro manos, piano y violín, piano, violín y violonchelo, acordeón y orquesta (grande, pequeña y de cuerdas). Se publicó por primera vez por la Casa Fritsch de Leipzig en 1896, tuvo un número significativo de reediciones posteriores y desde 1890 era la pieza de cierre de todas sus presentaciones.

Teresa escribió algunas piezas dedicadas a Venezuela: Himno a Bolívar (para tenor solista, coro mixto y orquesta), basado en un texto de Felipe Tejera (1846-1924), Saludo a Caracas (para piano), Un bal en rève, el Himno al Ilustre Americano (para barítono, coro mixto y orquesta) y Danza venezolana.


Las piezas de mayor madurez y profundidad son el Cuarteto en Si Menor (para cuerda) y Serenata (en cuatro movimientos para orquesta), aunque se pudieran pensar que esa perfección está presente en dos de sus últimas obras Vals Gayo, op. 38 y La fausse note, op. 39, por ser creadas en una etapa en la cual ya estaba consolidada como uno de los grandes músicos de su época.

Su faceta como compositora es el producto natural de ese talento musical que existía en ella combinado con duros años de estudio e interpretación del instrumento al cual dedicó su vida.

Teresa como cantante de ópera

Por Jesús Eloy Gutiérrez

El acercamiento de Teresa Carreño al mundo del canto se dio en distintas épocas y por diversas circunstancias. No llegó a desarrollar una carrera como en el caso del piano o legar importantes obras como en su faceta como compositora, pero las escasas actividades desarrolladas las realizó con el mayor profesionalismo y sobre todo haciendo ver que no era solamente una pianista sino una artista.


En sus primeros días en París conoció a importantes figuras de la música de mediados del siglo XIX, quienes la impulsaron a continuar perfeccionándose como músico. Entre ellos se destacan el prestigioso compositor italiano Gioacchino Rossini y a la joven cantante de ópera Adelina Patti, quienes la llevaron por los caminos de la lírica.

El primero era el responsable de la importante reforma que experimentaba el arte lírico y de las nuevas convenciones que dominarían la ópera por más de medio siglo. Bajo el llamado "código Rossini", los lenguajes básicos de comedia y tragedia llegaron a ser uno solo, transformándose en el punto de referencia para juzgar el trabajo de la mayoría de sus contemporáneos y seguidores inmediatos. Este compositor entusiasmado por la interpretación de la venezolana le instó para que se presentara en Londres y comenzó a realizar gestiones en ese sentido.

Por su parte, Patti era considerada la mejor soprano ligera del momento. Se especializada en papeles verdianos y desarrollaba su carrera en los principales escenarios de América y Europa. Ella incluiría a Teresa, tiempo más tarde, como parte de su programa de recitales.
Luego de su éxito en Londres en 1866, Teresa profundizaría su carrera de concertista. Al poco tiempo se encontró de gira por provincias de Francia, Bélgica y Suiza, entre otros sitios. Experiencia que repetiría en años sucesivos, y a la cual iría agregando nuevos países.

En una de esas giras puso en práctica sus clases de canto, debutando como mezzosoprano en la ópera Los Hugonotes de Giacomo Meyerber. Era el año 1872, en plena gira en Edimburgo, la soprano que le correspondía el papel de Margarita de Valois se enfermó, por lo que el empresario invitó a Teresa a sustituirla, quien estuvo de acuerdo con la condición de que se mantuviera su nombre en secreto. El público la colmó de aplausos, sus compañeros la felicitaron y la prensa emitió juicios elogiosos, pero ella, al parecer no estuvo muy conforme con su actuación, lo que no cerraba definitivamente su capítulo hacia la lírica.

Desde entonces sus apariciones como cantante se hicieron más frecuentes, sobre todo en las giras en las que actuaba alternativamente con otros músicos. Viajaba principalmente con los grupos artísticos dirigidos por los empresarios Mauricio Strakosch y el Coronel Mapleson, quienes visitaban ciudades del interior de Inglaterra y de Escocia, para presentar conciertos en los que alternaban pianistas, violinistas y cantantes.

Nuevamente en 1876 durante la gira a Boston, mientras acompañaba a la Academia de Canto de la Señora Rudderdoff, se presentó también como cantante. Hazaña que repitió luego como integrante de la compañía M. Strakosch, participando en galas operísticas en Nueva York, Massachussetts, Boston y otras ciudades estadounidenses. En estas circunstancias conoció al barítono italiano Giovanni Tagliapietra, miembro de la compañía, a quien se unió sentimentalmente a finales de 1876. Durante esta relación con Tagliapietra Teresa, dejó el piano por un tiempo y se inclinó más hacia el canto, retomando sus lecciones en Chicago.


Finalmente, una de las experiencias más agotadora que tuvo Teresa con el mundo del canto lírico lo representó la temporada de ópera realizada en Venezuela en el año 1887. En esta actividad la artista puso todo su empeño para hacer del evento lo mejor, pero circunstancias de índole político, económico y sociales se lo impidieron.

Fotografías: "Archivo Histórico Teresa Carreño"/ Centro Documental, Teatro Teresa Carreño

Teresa como maestra

Por Jesús Eloy Gutiérrez


Desde temprana edad, bien ganado tenía Teresa el título de maestra, ya que al destacarse en su arte, se le podría considerar como tal. Se le conoció como una profesora rigurosa y exacta, que procuraba que sus discípulos dominaran la técnica básica, la cual, como ella misma reconocía, se basaba en los principios que le enseñó su padre con los “quinientos ejercicios”.

En realidad, no hablaba de una técnica, sino que vencía los problemas adaptando las facilidades físicas de cada discípulo a las dificultades de la obra. Su forma de enseñar se basaba en el control absoluto de los dedos, una muñeca flexible y libre de tensiones. Todo esto combinado con un juego de brazos que le proporcionaba la fuerza proveniente de codos y hombros.

Cada nueva presentación, cada nueva obra en su repertorio, le permitió perfeccionar esa manera de lograrle sonidos al piano. Eso es lo que demuestra en los últimos años de su vida, cuando es destacable el grado de lucidez técnica y musical sólo permitido a los grandes maestros.


Ese conocimiento Teresa lo quiso legar a las futuras generaciones, por eso escribió el libro para una correcta ejecución del piano, titulado Possibilities of Tone Color by Artistic use of Pedals (Las posibilidades de matices en el uso artístico de los pedales). Esta obra publicada dos años después de su muerte por John Church and Company, gracias a su discípula Adelaide C. Okell, está compuesto de ocho capítulos en los cuales hace una resumida y sistemática explicación sobre las técnicas para el uso de los pedales del piano.


Aunque la mayor parte de su trabajo pedagógico musical lo desarrolló en Alemania, su faceta como maestra la inició posiblemente a sus quince años, cuando impartió clases en la academia de música creada por su padre en París. Luego, cuando se reinstaló nuevamente en Nueva York en 1916, continuó con la enseñanza en clases particulares, especialmente a alumnos avanzados. Entre sus discípulos directos, se cuentan sus hijas Eugenia y Teresita, Edward MacDowell, Han Kahn, Manuel Revenga, Ruth Payne Burgess y Egon Petri, Martha Milinowski y otros.


La influencia de Teresa no fue exclusiva hacia estos músicos, otros artistas han encontrado en sus cualidades la inspiración para mejorar su arte. En este grupo se ubica el músico chileno Claudio Arrau, en 1976, dijo: “Teresa Carreño cambió mi estilo. Cuando observé la soltura de sus brazos y la libertad de movimientos, adopté esa modalidad para siempre. Carreño ejerció importante influencia en mi vida artística”.

Durante su estadía en Venezuela, además de impartir clases, en 1886 propuso al gobierno del general Guzmán Blanco la creación del Conservatorio de Música y Escuela Dramática de alcance continental, el cual no se fundó por falta de recursos económicos.