lunes, 20 de enero de 2014

Teresa Carreño: aproximación a una grandeza*


Por Benjamín Jenne

"The World's Greatest Woman Pianist", tal era el título que se daba ya en vida a la venezolana Teresa Carreño (Caracas 22 XII 1853 – N. Y. 12 VI 1917) pianista, compositora, pedagoga y cantante. En el campo de las artes interpretativas fue la primera artista de renombre auténticamente mundial de todo el continente americano. Dió a conocer su arte no sólo en toda Europa y parte de América, sino incluso en África del Sur y Oceanía.

Hacer una lista de todas las eminencias con quienes tuvo contacto es casi un índice de personalidades de la cultura musical occidental de ese tiempo. Hombres de tan disímiles culturas y épocas como Rossini y Bartók, llegaron a admirarla. Su temperamento, dominio técnico, sonido, gran repertorio, sentido estético y personalidad, subyugaron a creadores, críticos y públicos por igual. Fue además una de las mujeres más bellas de los escenarios de entonces. Su vida personal no fue fácil. Desde muy joven debió asistir económicamente a su familia. Sus cuatro matrimonios fueron motivo de comentarios y su papel como madre estuvo lleno de preocupaciones.

El hermosísimo libro de Marta Milinowski sobre Teresa Carreño fue escrito con una absoluta admiración; produce un efecto contagiante y crea la imagen de un ser sobrehumano. Pero curiosamente y ante todo esto, hay quienes aún con cierto respeto y solapadamente se atreven a dudar de tanta maravilla. El problema está en que la magia de Teresa Carreño como fenómeno artístico, no ha sido analizado aún en toda su profundidad. Y si bien hay otros (pequeños) libros, no existe un estudio que permita establecer una actitud de interpretación alternativa al personaje.
Ni mucho menos, se ha hecho una aproximación explicativa
a su arte como tal.

No obstante algo se nos hace evidente; si bien el talento
puede surgir en cualquier lugar, son las circunstancias subsiguientes las que determinarán su destino. Y en Teresa Carreño, hubo una genial capacidad de percibir su ambiente. Observar en él los hechos, los valores y a los hombres.        

Analizarse en perspectiva a ellos y realizar luego un incesante proceso de desarrollo. Seguramente no sin errores y dolor, de lo que poco sabemos, y cuyos resultados al fin exitosos, la fueron llevando a los máximos niveles de su arte en el mundo.

Así, Manuel Antonio Carreño fue quizás el mejor padre que pudo tener, hombre excepcional, creador del famoso "Manual", hizo de su hija una dama impecable en las altas esferas y los "580 Ejercicios" que le compuso seguían las ideas cromáticas de Liszt, sin conocerlo entonces. A ellos atribuía la Carreño, parte de su dominio técnico.

La tuteló el excéntrico Gottschalk, quien la introdujo en el hipervirtuosismo y fue el primer profesional en declarar su  genio.

Georges Mathias, alumno de Chopin, le transmitió el estilo del bardo polaco, que pasó a ser entonces uno de sus autores favoritos. A los veinte años se casa con Emile Sauret, ésto la introduce al refinado arte del violín. Sauret llegó a ser un gran violinista y su "Gradus ad Parnassum'' es un zenith del virtuosismo pedagógico. Los matrimonios con los hermanos Tagliapietra, la amistad con Rossini y las hermanas Patti la vinculan al mundo del Bel Canto. Su toque adquiere entonces mayor expresividad y sonido.

Antón Rubinstein, "el mayor pianista después de Liszt" fue quizá el espíritu más afín a la Carreño. Le trasmitió ante todo, el sentido de honestidad artística. Ambos se adoraban y Teresa Carreño obtuvo de él, no menos de lo que pudo darle Liszt. Su tercer marido, el pianista y compositor Eugene De Albert, hombre difícil pero de talento indiscutible, fue un gran intérprete de los clásicos como Bach y Beethoven. Su influencia y el de la cultura alemana en general, marcaron el arte de la Carreño elevándolo decididamente al más alto nivel mundial. Desde entonces su repertorio adquirió solidez conceptual y estética hasta el fin.

Evidencias muestran como Teresa Carreño no fue jamás pasiva con sus dones, trabajando su arte incesantemente. Como creadora, en sus páginas más logradas hay un gran sentido para los efectos pianísticos y eufonía permanente. La elegancia, brillo y sutil ternura de esas pequeñas piezas debieron fascinar al público de entonces.

Como maestra, no tuvo suficientes alumnos como para legar una tradición, pero una de las eminencias grises del piano de este siglo, Egon Pietri, estudió con ella antes de ser alumno de Busoni. Y sus ideas pedagógicas revelan una mente preclara, que teóricamente como maestra la colocan a la par de pioneros incomprendidos como Simón Rodríguez.

Hacia finales del siglo, mucho se investigaba sobre la esencia del virtuosismo. Cuando antes todo eran "dedos", ahora se buscaba cómo dominar las acrobacias de las nuevas obras. Rudolf María Breithavpt, dedicó a la Carreño su monumental escrito sobre el toque por peso y relajamiento. Y así, desde una perspectiva histórica, la Carreño fue vista también como el epítome que sintetizaba el mayor hallazgo en materia de técnica pianística de entonces.

Las antiguas grabaciones por su distorsión, suelen crear hoy suspicacias. Pero si bien dichos registros no son elocuentes para neófitos, el oído conocedor sí puede discernir una idea muy aproximada de lo que debió ser la artista en condiciones apropiadas. El dudar de una grandeza por esas grabaciones, y decir que hoy no serían aceptadas es tan injusto como absurdo, ya que cada quien sólo vive en su época, y es en esa cronología que cuentan sus logros.

En este sentido la Carreño, tuvo la admiración de las élites más cultas y con frecuencia de los propios creadores de las obras interpretadas. Hoy hemos cambiado ese privilegio por el dudoso de la técnica y por los "valores" de la cultura de masas. Teresa Carreño grabó solo unos cuantos rollos de piano la, pero a pesar de su deficiencia sonora, se perciben en ella todos los elementos que caracterizaban el llamado "gran estilo" de eminencias del pasado como Busoni, Paderewski o Rosenthal. Sus incisiones de Schubert, Liszt y Chopin, por ejemplo, denotan un control absoluto del "rubato", cualidad que sólo se da con el dominio de una técnica completa. Y había en ella un concepto espléndido de los estilos, por lo que parecen cada vez, pianistas diferentes.

Y si aceptamos que la "perfección" es más que todo una teoría, la grabación del Nocturno Op.48 No. 1 de F. Chopin, es la "sugerencia" más hermosa que se ha hecho de esta obra en disco. Sincretismo de tristeza, pasión y belleza, quizás esencia de ella misma.

Hace algún tiempo, el entonces afinador oficial del Teatro Leonardo Pizzolante nos comentaba que durante la última presentación en Caracas del genial pianista chileno Claudio Arrau, fue conducido por él a probar el piano. El gran artista, ya anciano, se detuvo antes en el centro del escenario, contempló la gran sala vacía
con admiración y asintiendo con la cabeza dijo: "Así que por fin, se acordaron ustedes de quién fue nuestra Teresita Carreño?" Si Maestro, afortunadamente.


*Este artículo se publicó inicialmente en el libro Teatro Teresa Carreño. XV Aniversario. Caracas, Fundación Teresa Carreño/Fundación Cultural Chacao, 1998.

domingo, 22 de diciembre de 2013

La niña prodigio: entre el piano y la composición

Por David Coifman*
Entre el 30 de diciembre de 1862 y el 30 de enero de 1863, el periódico Boston Daily Evenings Transcript publicó a diario entre uno o dos anuncios publicitarios sobre los distintos recitales que Teresa Carreño ofrecería ese mes en el “Boston Music Hall” de dicha ciudad americana. El 21 de enero de 1863, se recoge sin embargo la primera vez de una práctica que será habitual a lo largo de las presentaciones juveniles de Teresa Carreño por Europa. La práctica consiste en ofrecer a la venta la edición de una obra supuestamente compuesta por la niña prodigio que había sido muy aclamada durante sus presentaciones, principalmente utilizada como encore final. De esta manera, la reputación de la niña prodigio crecía tanto en su condición de versátil pianista como por su precocidad en la composición musical.

En la ocasión de sus primeras presentaciones en Nueva York, a finales de 1862, y en Boston, a principios del año de 1863, fue muy aclamada por su interpretación de una “polka” que sería conocida como “Polka Teresa Carreño” (en inglés: Teresa Carreño Polka). Y, en efecto, la obra fue ofrecida a la venta pública, por primera vez, en el citado periódico de Boston, del 21 de enero de 1863, que aquí incluimos. Lo sorprendente es que la obra es ofrecida como “escrita por Adolph Baumbach”. Este compositor americano, muy poco referenciado por las enciclopedias americanas, es conocido por su producción de obras populares, entre las que se incluyen un variado número de polkas para piano.
Sin embargo, parece haber sido muy conocido por componer obras que harían muy famoso a otros autores, siendo quizá un ejemplo de la correspondencia con el llamado “negro” o escritor real detrás de algunos famosos autores. En todo caso, ninguna de las que se conocen de este autor hoy día lleva por nombre “La Polka Teresa Carreño”, en cambio su composición se corresponde con la fecha en que la artista se hizo muy conocida por interpretar en Nueva York y Boston “su” famosa polka. Todo lo cual nos obliga a preguntar: ¿Es la polka de Teresa Carreño, hoy identificada como su opus 2, en realidad de su autoría o fue escrita por Adolph Baumbach? Traer pues a reflexión esta información es sólo un ejemplo del enorme trabajo hemerográfico que aún falta por realizarse sobre la aclamada artista internacional, de la que ahora celebramos el 160 aniversario de nacimiento.
*Musicólogo, miembro de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
Madrid, diciembre de 2013


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Teresa Carreño, él último prodigio de una efectiva escuela musical catedralicia en Venezuela

A propósito del 160 aniversario de su nacimiento

por David Coifman*

Mucho se ha repetido, y con razón, que la pianista venezolana Teresa Carreño (1853-1917), fue una niña prodigio que se ganó el respeto internacional a partir de su primera y muy aclamada presentación pública, con sólo 8 años de edad, realizada en el gran salón de baile “Irving Hall” de Nueva York, el 25 de noviembre de 1862. También sabemos que fue la tercera de cinco hijos de Manuel Antonio Carreño (n. 17 de junio de 1813), principalmente conocido como el abogado que escribió el influyente y muy difundido Manual de urbanidad y buenas maneras (1853).

Nunca se ha dicho, sin embargo, que Manuel Antonio Carreño, hijo del maestro de capilla José Cayetano Carreño (1774-1836), fue también un niño prodigio que ocupó el cargo de “cantante tercero” (la voz más aguda de las tres plazas asalariadas para cantantes) de la capilla musical catedralicia, el 9 de febrero de 1822, contando entonces 8 años de edad. Labor de cantante bajo contrato que obtendría después de ejercer el cargo de “músico meritorio” (=cantante a destajo de la tribuna) desde al menos los 6 años de edad. Además, Manuel Antonio habría debido demostrar amplias habilidades para tocar el violín, la viola, el violón, el fagot, el órgano y el clave por ser obligación de los cantantes contratados sustituir a los instrumentistas de la capilla catedralicia cuando no podían asistir a sus labores musicales por razones justificadas.

La plaza de cantante tercero que Manuel Antonio ganó con sólo 8 años de edad había estado ocupada hasta la fecha por su hermano José Cayetano “el hijo” (n. el 8 de julio de 1804), desde el 4 de junio de 1817, es decir desde los 12 años de edad. Antes de ejercer este cargo, José Cayetano “el hijo” junto con su hermano menor José Lorenzo (n. el 9 de agosto de 1807) recibían remuneración como músicos meritorios de la capilla catedralicia, al menos (que se conozca) desde diciembre de 1814, contando respectivamente 10 y 7 años de edad. Lo que señala haber sido ambos, también, niños prodigios.
El 10 de agosto de 1813, José Ciriaco Carreño (n. 8 de agosto de 1795), primogénito
del maestro de capilla José Cayetano Carreño, renunció apenas cumplidos los 18 años de edad a su labor bajo contrato de organista segundo en la catedral caraqueña para sumarse a la tropa patriótica, muriendo en la Batalla de Urica, el 5 de diciembre de 1814. José Ciriaco había sido también un niño prodigio, de quien sabemos haber percibido remuneración económica por su labor estable como cantante meritorio de la tribuna desde los 6 años de edad, y como organista segundo obtenido por concurso público, desde el 11 de marzo de 1810, es decir contando entonces apenas 14 años de edad.


El 18 de agosto de 1813, Juan Bautista Carreño (n. 1 de julio de 1802), cuarto hijo del maestro de capilla, ganó por concurso público el cargo de organista segundo que dejó vacante su hermano mayor José Ciriaco. Contaba entonces tan sólo 11 años de edad, es decir el más joven de dos generaciones de músicos de la familia Carreño en ocupar por concurso público la exigente labor de organista en la catedral caraqueña. Para satisfacer esta obligación contractual, Juan Bautista habría debido ocupar hasta la fecha un cargo de músico meritorio en la Tribuna, mientras se instruía con su padre y su hermano mayor en la ejecución de los órganos y el clave de la institución, acompañando principalmente la música vocal solemne catedralicia compuesta por Juan Manuel Olivares, José Ángel Lamas y la de su padre. Razones de peso conocidas (además de la tradición familiar) por las cuales los últimos vástagos hasta la fecha de la familia Carreño (José Cayetano “el hijo” y José Lorenzo) habrían de ser requeridos por su padre para aumentar las voces de la tribuna desde al menos mediados del año 1813, contando entonces 8 y 6 años de edad respectivamente.
La tradición de los niños Carreño de trabajar como músicos de la capilla catedralicia desde muy temprana edad bajo la guía de su padre, maestro y jefe José Cayetano Carreño, primero como cantantes meritorios asalariados (desde aproximadamente los 6 años de edad, lo que implicaba comenzar a estudiar canto y música aproximadamente desde los 4 o 5 años de edad) para luego ocupar alguno de los exigentes cargos catedralicios de organista bajo contrato por concurso público (entre los 11 y 14 años de edad) fue observada hasta el último de los vástagos, Juan de la Cruz Carreño (n. 24 de noviembre de 1815), quien ganó al cargo vacante de “cantor de la capilla” (cantante primero), el 7 de octubre de 1834, teniendo entonces 18 años de edad, después de graduarse dos años antes (con 16 años) de Bachiller en Artes por la Universidad de Caracas. Sería, de la familia Carreño, el más joven en obtener una diplomatura universitaria. Juan de la Cruz fue además el padrino de bautismo de Teresa Carreño, y acompañó a la familia en su viaje a Nueva York, cuando presenció el debut internacional de la niña prodigio en noviembre de 1862.

Hasta la fecha de nacimiento de Teresa Carreño, el 22 de diciembre de 1853, se registran en Caracas además los nacimientos de hasta 20 primos-hermanos (según las actas conocidas de bautismo y de defunción al nacer), todos hijos legítimos de los nueve hijos legítimos del maestro de capilla José Cayetano Carreño. Entre ellos, José Ciriaco del Carmen Carreño-Pérez “el sobrino” (n. 5 de marzo de 1831), segundo hijo de José Cayetano Carreño-Muñoz, se destacó también como niño prodigio de la tribuna catedralicia, recibiendo remuneración como cantante meritorio (según fecha del recibo de pago más temprana que se conoce), el 22 de diciembre de 1840, contando sólo 9 años de edad, para luego ingresar bajo contrato como cantante tercero de la capilla musical, el 8 de junio de 1841, con sólo 10 años de edad. José Ciriaco “el sobrino” sustituía en el cargo de cantante tercero a su primo mayor, hijo de Felipa Carreño, Ramón María Pérez-Carreño (n. 21 de enero de 1827), quien contaba entonces 14 años de edad. Es decir, la etapa de la adolescencia en la que estaría cambiando la voz aguda de tiple por una más grave, justificando el pronto reemplazo vocal por la de un niño de menor edad, como la de su primo.
Por lo tanto, al momento de su mudanza de Venezuela, Teresa Carreño se llevaría consigo el recuerdo de haber compartido por la rama paterna con una familia numerosa integrada por los siguientes primos-hermanos mayores (de los que podemos citar de los sobrevivientes según registros): Ramón María y María de la Concepción Pérez-Carreño, hijos de Felipa Carreño-Muñoz, quien murió con 37 años de edad, el 7 de diciembre de 1837; Juan Bautista Anselmo y Miguel Ezequiel Rafael Carreño-Martínez, hijos de Juan Bautista Carreño-Muñoz, quien murió con 47 años de edad, el 15 de noviembre de 1849; Isabel María, José Cayetano “el nieto”, José Ciriaco “el sobrino”, Fernando Lorenzo, Luís María, Belén de la Santísima Trinidad y María del Rosario Carreño-Pérez, hijos de José Cayetano Carreño-Muñoz, quien murió con 38 años de edad, el 29 de diciembre de 1842; Belén María Pérez-Carreño, hija de María Isabel Carreño-Muñoz (cuya fecha de defunción desconozco); y José Lorenzo Carreño-Martí, hijo de José Lorenzo Carreño-Muñoz (cuya fecha de defunción se desconoce). José Lorenzo Carreño-Martí contrajo matrimonio con su prima-hermana María Emilia Gertrudis de Jesús, hija mayor de Manuel Antonio Carreño y única de los tres hermanos mayores de Teresa que sobrevive la niñez (mueren una hermana mayor de nombre María Teresa y un hermano mayor de nombre Manuel Antonio, y sobrevive un hermano menor llamado también Manuel Antonio). No se conoce si Juan de la Cruz Carreño tuvo hijos. En todo caso, durante sus primeros ocho años de vida en Caracas, Teresa Carreño contó para su aprendizaje musical con al menos cinco miembros vivos de su familia paterna (es decir, su padre Manuel Antonio, su tío José Lorenzo, su tío y padrino Juan de la Cruz, su primo mayor Ramón María y su primo José Ciriaco) que habían sido niños prodigios bajo contrato laboral en la catedral caraqueña, en la condición de cantantes meritorios e instrumentistas, siguiendo la enseñanza y el ejemplo de su famoso abuelo José Cayetano Carreño.

Que los seis hijos varones (descartando al segundo José Lino, quien murió al año de nacer, en 1798, y a las dos hijas por no permitírseles a las mujeres participar en la música litúrgica pública) y dos nietos varones del maestro de capilla José Cayetano Carreño tuvieran la posibilidad de laborar como niños prodigios de la música catedralicia caraqueña, con constatadas habilidades vocales e instrumentales para ser contratados en varias de las plazas asalariadas de canto y de organista, alcanzado incluso dos de ellos a ejercer el exigente puesto catedralicio de maestro de capilla (Manuel Antonio ocupó el cargo desde la fecha de defunción de su padre, el 3 de marzo de 1836, hasta el 18 de junio de 1841, cuando renunció a favor de su hermano mayor José Cayetano “el hijo”, quien lo ejerció hasta su muerte, en diciembre de 1842) muestra la fuerte influencia de una efectiva escuela musical de tradición familiar caraqueña que obtendría el primer reconocimiento internacional cuando otro de los niños prodigios Carreño, en esta ocasión la primera niña (Teresa), debutó como pianista en Nueva York, en 1862. Hasta la fecha, la extraordinaria versatilidad musical de la familia Carreño habría sido asumida en Caracas como “normal” y acorde con el reciclaje generacional de niños prodigios integrantes de una esmerada escuela musical de tradición catedralicia. Porque el único parámetro que marcó en realidad la diferencia en la valoración musical de Teresa como niña prodigio, perteneciente a una familia musical conformada por tres generaciones de niños prodigios, fue haber tenido la oportunidad de salir del país para exponer su tradición educativa familiar a la opinión pública internacional, y principalmente ante el influyente crítico musical de Boston, John Sullivan Dwight. Crítico que se formuló insistentemente la siguiente pregunta después de escucharla debutar en Boston, en enero de 1863: ¿Dónde y con quién aprendió Teresa Carreño a tocar el piano con tanta maestría artística?

La respuesta a la pregunta del crítico musical americano Dwight sobre la prodigiosa trayectoria pianística de Teresa con solo 8 años de edad, es harta explicada hoy día por todos los libros de historia de la música europea interesados por los distinguidos vástagos de las familias (y generaciones) de músicos como los Scarlatti (en Italia), los Couperin (en Francia), los Benda (en Bohemia), los Bach (en Turingia) y los Mozart (en Salzburgo), entre los más conocidos. Es decir, con idéntica presión familiar de pertenecer a un linaje de músicos que han recibido no sólo la credibilidad de una vena artística que legitima, por derecho a ella, la gloria de sus antepasados músicos, sino también la tradición de una efectiva enseñanza musical desde la cuna, que permite mantener la condición de niños prodigios en varias generaciones de una misma familia. Baste en este sentido recordar que hasta el nacimiento de Teresa Carreño, nueve miembros de tres generaciones de la familia Carreño habían sido reconocidos en Caracas, a través de diferentes condiciones y exigencias musicales, como destacados cantantes e instrumentistas, todos varones porque eran los únicos que podían ejercer un cargo laboral catedralicio desde los 6 años de edad.
Descartando pues la evidencia de que Teresa fue la única de tres generaciones de niños prodigios Carreño que tuvo la oportunidad de mostrar sus tempranas y excepcionales dotes musicales familiares en un gran escenario urbano como Nueva York, debemos preguntarnos: ¿Qué exigencia cultural, si no era pues únicamente la familiar, habría podido existir en Venezuela para que una niña de tan sólo 6 años de edad tocara diariamente 580 ejercicios pianísticos preparados por su padre, para que a los 8 años de edad pudiera interpretar obras de enormes dificultades técnicas y expresivas como el Capricho Brillante, op. 22, de Felix Mendelssohn (1809-1847), alcanzando una maestría artística superior a la de cualquier niño prodigio hasta entonces aclamado en los principales escenarios de los Estados Unidos y Europa, cuando todavía a mediados del año 1862 la principal meta de vida conocida para Teresa Carreño, a semejanza de la de sus familiares músicos que habían sido también niños prodigios, era seguir viviendo en Caracas? En otras palabras: ¿Qué nivel de exigencias musicales si no eran pues las tradicionales familiares permitió a Manuel Antonio preparar a su hija Teresa, siguiendo su efectiva escuela musical catedralicia, para tocar a un nivel de perfección y exigencias artísticas que sólo la oportunidad de salir del país demostró superar, con creces, las aspiraciones musicales para los niños prodigios de su edad en cualquier lugar del mundo?

Como respuesta tenemos que la habilidad musical de Teresa Carreño no sería sino la misma que tuvieron tres generaciones de niños prodigios Carreño pero la única aclamada por críticos expertos internacionales, aun cuando todos habrían pasado por idénticas exigencias educativas para iniciarse en la música, primero vocal y luego instrumental, sólo variadas por las necesidades y disponibilidades compositivas, sociales y principalmente laborales de cada generación. Además, no se conoce el nombre de destacados cantantes y pianistas venezolanos internacionales anteriores a la aclamación en Nueva York de Teresa Carreño, por lo que no se puede (ni debe) descartar que Manuel Antonio (cantante, organista y maestro de capilla) fuera también un virtuoso del piano a quien le faltó en Venezuela el experto crítico musical que pudiera informar a tiempo a su padre (como sí lo tuvo el de Teresa) sobre la ventajosa condición que se le ofrecía como niño prodigio para proseguir con éxitos artísticos y económicos la carrera profesional como músico internacional, con hábiles profesores, expertos críticos y exigentes públicos que sí contó Teresa Carreño. Por el contrario, se registra en actas eclesiásticas (sin precedentes) que cuando Manuel Antonio sustituyó a su hermano mayor Juan Bautista en el cargo de organista, desde el 10 de noviembre de 1826, contando sólo 13 años de edad, el Cabildo mandó un comunicado a su padre y maestro de capilla para advertirle que no bastaba ensayar, practicar y adiestrar a su hijo en la ejecución de dicho instrumento musical sino que además le debía prevenir al niño de tocar el órgano de manera “devota y gravemente como corresponde en las iglesias catedrales”. En cierta manera, se implica que el niño Manuel Antonio era conocido, a muy temprana edad, por gustarle tocar el órgano con mayor ímpetu y energía que el sugerente lento y pausado (y por lo mismo quizá hasta fastidioso para un niño de talento) que se correspondería con la manera “devota y grave” exigida por el Cabildo eclesiástico para la ejecución de la música catedralicia caraqueña en la época.

El destino quiso, en todo caso, que Teresa Carreño fuera la única de los niños prodigios de la familia Carreño en exponer a la crítica internacional el trascendente legado educativo catedralicio de tradición paterna que se remonta al siglo XVIII. Tradición masculina generacional como maestros de capilla que sólo la habría podido heredar José Ciriaco “el sobrino” de su padre José Cayetano Carreño-Muñoz de no haber muerto éste muy joven, ejerciendo el cargo en la catedral, en diciembre de 1842. Con esta muerte, la familia Carreño se despidió para siempre de la tradición musical catedralicia transmitida directamente de padre a hijo, ocupando reconocidas labores profesionales públicas como músicos meritorios, cantantes, organistas (e instrumentistas) y maestros de capilla, hasta que Manuel Antonio tuvo la oportunidad (y sin duda también las herramientas musicales familiares) de legar dicha tradición catedralicia a su talentosa hija, a pesar de que a ésta no le deparaba ni siquiera la posibilidad de ser cantante de la capilla musical en Venezuela. En todo caso, debemos a Manuel Antonio haber tenido la imaginación necesaria (y el profundo interés por la pervivencia de la tradición familiar) para transformar su legado educativo catedralicio, reconocido principalmente en la efectiva tradición de los varones Carreño llegados a “maestros de capilla”, en un método de enseñanza vocal y pianística con el cual adaptar la excepcional disposición musical de su hija a las nuevas necesidades artísticas de su generación, llevándola a convertirse como sabemos (manteniendo en cierta manera la lógica consecuencia de su excepcional tradición familiar catedralicia) en la primera “maestra de piano” venezolana de prestigio mundial. Culto internacional a la destacada artística que legitima, con la justa veneración de sus restos mortales en el solemne Panteón Nacional, una hermosa historia familiar de niños prodigios. Teresa Carreño, el último prodigio de una efectiva escuela musical catedralicia en Venezuela.

Lecturas recomendadas:

ALCIBÍADES, Mirla. Manuel Antonio Carreño. Colección “Biblioteca Biográfica Venezolana” de El Nacional, vol. 12. Caracas: Editorial Arte, 2005.
CARREÑO, Teresa. “Possibilities of tone color by artistic use of pedal”. Edición facsimilar realizada por David Coifman. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 67-103.
COIFMAN, David. “Recuerdos americanos de Madame Teresa Carreño”. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 41-65.
COIFMAN, David. “Teresa Carreño es más que un mito”. El Nacional, Cuerpo B-8, 17 de diciembre de 2003.
COIFMAN, David. “‘Bajo la forma de un ángel’. La visita de Teresa Carreño a España (1866)…y otros nuevos datos biográficos”. www.mundoclásico.com / Publicado, el 22 de diciembre de 2011.
GUTIÉRREZ, Jesús Eloy. Para conocer a Teresa Carreño. Caracas: Gráficas León, C. A., 2003.
MANN, Brian. “Nuevas apreciaciones sobre el comienzo de la carrera musical de Teresa Carreño: años 1862-74”. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 14-39.
MEISSNER, Inés. Vida, labor y obra de la pianista venezolana María Teresa Carreño. Caracas: Italgráfica, 1989.
MILANCA GUZMÁN, Mario. ¿Quién fue Teresa Carreño? Caracas: Alfadil, 1990.


MILANCA GUZMÁN, Mario. “Teresa Carreño: cronología y manuscritos”. Revista Musical Chilena, 42 / 179 (julio-diciembre, 1988), pp. 90-135.
MILANCA GUZMÁN, Mario. Teresa Carreño: gira caraqueña y evocación (1885-1887). Caracas: Cuadernos Lagoven, 1987.
MILINOWSKI, Marta. Teresa Carreño. Traducido del inglés del original Teresa Carreño: by the grace of God (1940), por Luisa Elena Monteverde Basalo, con notas de Walter Guido y Mario Milanca. Caracas: Monte Ávila Editores, 1988.
ROJO, Violeta. Teresa Carreño. Colección “Biblioteca Biográfica Venezolana” de El Nacional, vol. 17. Caracas: Editorial Arte, 2005.

Fotografías: "Archivo Histórico Teresa Carreño" /Colección Fotográfica Centro Documental, Teatro Teresa Carreño, Luis Brito (1998).

Madrid,  diciembre de 2013
*Pianista, musicólogo venezolano, miembro de la Academia Nacional de la Historia.

martes, 23 de julio de 2013

La Teresa de nuestro tiempo

Por Jesús Eloy Gutiérrez
“El City of Washington vagaba de ola en ola
y se alejaba más y más de la ruta común.
El rescate parecía improbable y, por último,
imposible. Los alimentos escaseaban; cundió
el terror entre los pasajeros; las mujeres que
No estaban demasiado mareadas se ocupaban
En rezar y lamentarse”…
Marta Milinowski

La Venezuela de comienzos del siglo XXI parece un barco a la deriva. Al mirar hacia el pasado en busca de una referencia civil nos encontramos con la figura de Teresa Carreño, quien en una sociedad sumida en el atraso cultural, social, político y económico, se sobrepuso e hizo su propia revolución. Una revolución que poco a poco afectaría a muchas personas. Ella fue en la búsqueda de su ser, ese maestro y guía que llevamos dentro. Lo domesticó y lo materializó en sus interpretaciones pianísticas, en sus composiciones, en su entrega como profesora de piano y en la perfección que le imprimió a cada una de las actividades que hizo. Este año se conmemoran 160 años de su nacimiento, importante acontecimiento para la historia de la música y para Venezuela, ocurrido en Caracas el 22 de diciembre de 1853.

Teresa Carreño dejó una huella imborrable que ha servido de referencia en muchas partes del mundo, donde su arte fue comprendido y admirado. Lamentablemente en nuestro país, su legado permanece en el olvido y muchos venezolanos ignoran la historia de su vida y hasta lo que hizo. La magnitud de la obra de Teresa deber ser doblemente reconocida. A la caraqueña le tocó desarrollarse como artista en un mundo básicamente dominado por el género masculino, pero aún así dominó las adversidades e impusó su personalidad arrolladora y cautivó a hombres y mujeres con los fenomenales trinos y octavas, con sus fabulosos pasajes de arpegios. Las sonoridades de su piano o el ímpetu de su personalidad dibujan su vida.

Teresa: la gran concertista

Luego de más de casi un siglo de su desaparición física, su recuerdo sigue siendo centro de interés y se rememora la buena prensa que le acompañó toda la vida. ¿Pero qué hizo Teresa para que hoy en sitios tan lejanos como Berlín, Madrid, La Habana, París, Londres, Nueva York, Coswig o Praga, se le recuerde entusiastamente? O ¿Qué diversas personalidades del mundo muestran preocupación por investigar su vida y su legado, mientras otros se interesan por interpretar sus composiciones.

Simplemente con su arte llevó el nombre de Venezuela a todos los continentes, presentándose desde los principales países de Europa, hasta Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y África del Sur. Esa experiencia que le permitió entrar en contacto con las más destacadas personalidades del momento, tanto de las artes como de la política de entonces, en los días en que el país no tenía un servicio exterior organizado. Teresa fue una especie de embajadora venezolana de la música, del arte, de la armonía.

Teresa: la compositora

La obra musical de Teresa, dedicada esencialmente al piano, está constituida por composiciones en forma de estudios, obras descriptivas, fantasías, aires de danza y varias piezas para coro. Sus inicios en estas lides datan de 1860 cuando creó piezas publicadas años más tarde en Boston, de las cuales, una polka, fue estrenada un año más tarde en el Teatro Caracas por la Banda del Batallón Concepción.  Se cuenta que Manuel Antonio debía escribir las melodías que su hija creaba en el piano, porque Teresita aún no podía plasmarlas en papel. En aquella época era común que, en las casas de cierta posición social, las muchachas tocasen o compusieran valses para piano.
De acuerdo con la primera biógrafa Marta Milinowski, los inicios de Teresa como compositora: “se caracterizan por todo género de intrincadas dificultades. Cuando ella tenía interés en perfeccionar pasajes rápidos, escalas en octavas, saltos peligrosos -y su favorito de siempre- el trino, reflejaba esta preocupación en sus creaciones. Naturalmente tenía también reminiscencias de obras que estudiaba entonces de algún compositor del momento, fuera éste Gounod, Chopin o Liszt”.
Observando el asunto como una mirada amplia, notamos que las composiciones de Teresa estaban determinadas por las circunstancias personales o profesionales que atravesaba para el momento en que escribía: La emoción de conocer a Gottschalk la llevó a componerle un vals, que va ser su primera obra publicada; la muerte de su madre fue motivó para que escribiera La cesta de flores, op. 9; Marcha fúnebre, op. 11; La oración, op. 12; Queja, op. 17 y La partida, op. 18
Cuando conoció a Rubinstein sus composiciones se impregnaron de virtuosismo. La etapa más prolífera en composición, especialmente las obras para piano, datan de antes o alrededor de 1872, pues a posteriori, sus matrimonios, sus constantes giras y la maternidad no le dejaron tiempo para que se dedicase plenamente a esa actividad.
La más conocida de sus piezas es el vals Teresita, dedicada a una de sus hijas, se hizo tan famoso en Europa que fue necesario hacer arreglos para piano (simplificado), mandolina y guitarra, piano a cuatro manos, piano y violín, piano, violín y violoncelo, acordeón y orquesta (grande, pequeña y de cuerdas). Esta pieza fue publicada por primera vez por la Casa Fritsch de Leipzig en 1896, aunque desde seis años antes, era con la que Teresa cerraba todas las presentaciones.
Teresa escribió algunas piezas dedicadas a Venezuela: Himno a Bolívar (para tenor solista, coro mixto y orquesta), basado en un texto de Felipe Tejera (1846-1924); Saludo a Caracas (para piano), el Himno al Ilustre Americano (para barítono, coro mixto y orquesta) y Danza venezolana. Los estudios sobre sus composiciones consideran que las piezas de mayor madurez y profundidad son el Cuarteto en Si Menor (para cuerda) y Serenata (en cuatro movimientos para orquesta). Nos llama la atención que apenas hace un par de años se estrenó la Serenata… por la agrupación cubana Camerata Romeau.

El compositor y pedagogo musical venezolano Juan Bautista Plaza (1938), refiriéndose al conjunto de la creación de la Carreño, considera que de toda su producción lo más conocido son sus obras para piano: piezas de salón en su mayoría, de corte e inspiración románticos, y por lo general de difícil ejecución. Por otra parte, el profesor Juan Francisco Sans comenta que las creaciones de Teresa “puede dividirse en cuatro grandes grupos: las “obras con número de opus”; las “obras de madurez, sin opus”; las “obras escritas durante su infancia en Caracas, sin número de opus” y las “obras perdidas mencionadas en los documentos”. 
Llama la atención el último grupo, que si lo unimos la “difícil ejecución” considerada por Plaza, se presentan como razones de sobra para que su actividad como compositora siempre se haya relegado a un segundo plano, contribuyendo aún más a su desconocimiento. Pero que pudiera subsanarse si impartieran cursos dedicados a estudiar todas sus composiciones que tenemos disponibles, además de enseñar su técnica y método, sustentado en fundamentos para el uso artístico de los mecanismos y funcionamiento de los pedales del piano. ¿Por qué en Venezuela no existen cátedras de piano dedicadas al estudio y difusión de ese legado?

Su eterno regreso a Venezuela

Teresa dijo una vez: “He amado a Venezuela, la he amado a veces por sus desgracias, otras por la generosidad de su naturaleza y siempre como una madre irremplazable. En su seno quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde quiero que reposen mis cenizas”. Su primera biógrafa logró que ese sueño fuese realidad. En 1935 logró que el gobierno venezolano decretase la repatriación de los restos de Teresa Carreño al país, lo cual se realizó en febrero de 1938, gracias a la labor de Rudolph Dolge, Salvador Llamozas y de la propia discípula de la Carreño. Las cenizas fueron colocadas en el Cementerio General del Sur dentro de un ánfora de bronce, obra del escultor venezolano Nicolás Veloz; allí permanecieron hasta finales de la década de los setenta.
En una Caracas signada por la agitación política y social producto de un período de transición se llevó a cabo el acto de repatriación, al cual asistió el Presidente de la República, Eleazar López Contreras (1883-1973), los ministros del gabinete, el Gobernador del Distrito Federal, familiares de la pianista, representantes de la Academia Nacional de la Historia, del Ateneo de Caracas, de la Unión Musical de Venezuela, del Ateneo de Valencia, la comisión organizadora del homenaje, y personalidades del mundo político, intelectual y social venezolano. Ese país convulsionado por el caos político que le vio partir en dos oportunidades, en este aspecto no había cambiado mucho en los días de su retorno definitivo, ya en el siglo XX.

En el siglo XIX, más de medio siglo había trascurrido desde que vio su tierra natal por última vez. Veintitrés años de ausencia no fueron suficientes para reconciliarse con su país. Ella lo intentó. Dio lo mejor de sí en sus giras de conciertos por ciudades importantes del país; cantó, preparó una temporada de ópera, dirigió la orquesta de la ópera, se ofreció como profesora y hasta se planteó quedarse si se le aprobaba el proyecto del conservatorio de música de dimensión continental. Pero la realidad pudo más que los deseos de la artista. Sus últimos días en Venezuela chocaron con la fortaleza y la disciplina que se había formado desde temprana edad. El país no estaba exento de inestabilidad política, calamidades varias ni improvisaciones.

Su traslado al Panteón
Unos años más tardes: A los sesenta años de su fallecimiento, gracias a las gestiones de la Directora General de la Asociación de Autores y Compositores Venezolanos, María Luisa Escobar, los restos de la pianista fueron exhumados y trasladados al Panteón Nacional, el 9 de diciembre de 1977. En esta ocasión se realizó una ceremonia que contó con la asistencia del Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez, el ex-presidente Rafael Caldera y la escritora Lucila Palacios, entre otras personalidades del mundo político, militar y cultural del país. Al mismo tiempo, sus pertenencias provenientes de Estados Unidos, llegadas dos décadas atrás clamaban por que se creará ese museo destinado a resguardar su memoria. Debía trascurrir aún una década más para que esa idea comenzara a materializarse.
De ese momento están vigentes las palabras de Lucila Palacios, quien manifestó en ocasión de su discurso en Panteón que: “Hay que seguir los pasos a la trayectoria de Teresa, sus reacciones anímicas, su sensibilidad artística, para formarse una idea cabal de tan extraordinaria personalidad. Las nuevas generaciones apenas la conocen”.

Se llama Teresa Carreño

A finales del siglo XX, cuando los gobiernos democráticos intentaron reivindicar a personajes civiles de nuestra historia, la figura de Teresa Carreño se impuso con fuerza en el quehacer cultural venezolano. Así, su revolución personal que la convirtió en una gran artista, se presentó como una virtuosa, digno ejemplo a considerar. Diversas agrupaciones e instituciones que decidieron denominarse Teresa Carreño o emplear ese nombre para algún evento de importancia. 
El ejemplo más impactante es la Fundación Teresa Carreño: constituida en 1973 con el objetivo de administrar el complejo cultural que se construía en Los Caobos y que hoy lleva ese nombre. Este año arriba sus cuarenta años de existencia. Como parte de la estructura de esta institución surgieron el Coro de Ópera del Teatro Teresa Carreño y el Ballet Nacional de Caracas Teresa Carreño, los cuales en algún momento de su historia han adoptado simplemente el de Ballet Teresa Carreño o Coro Teresa Carreño.

En 1974 el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) creó el Concurso Latinoamericano de Piano Teresa Carreño, el cual pasó a ser organizado en 1978 por el Instituto Latinoamericano de Investigaciones y Estudios Musicales (hoy Fundación Vicente Emilio Sojo), y en 1998 tuvo una nueva edición organizada por la Fundación Teresa Carreño. Desde entonces, este concurso se mantiene en el olvido, a pesar de que en sus nueve ediciones se convirtió en uno de concursos de piano más prestigiosos del continente.

En mi breve biografía sobre Teresa, dije hace ya algún tiempo que: “También se conoce una Academia de Música Teresa Carreño (de Barquisimeto), una agrupación de danzas folklóricas, un dúo pianístico (conformado por María Teresa Campos y Rosella Pezzuti), un cuarteto, una escuela de ballet y diversas unidades educativas, entre otras agrupaciones e instituciones, bautizadas con ese nombre”.

Tampoco la idea acá es hacer un inventario de todas las instituciones que llevan el nombre de Teresa Carreño, simplemente, quiero significar con ello, el homenaje que se le rinde a su memoria nombrándose Teresa Carreño. La pregunta viene a continuación: ¿Conocen realmente el legado de Teresa Carreño? ¿Existe un real interés en difundir la obra y su significación para la historia local y universal? Solamente un ejemplo: veamos el caso de la Sinfónica Juvenil Teresa Carreño de Venezuela, creada en 2007 e integrada por 160 músicos, de edades comprendidas entre 15 y 25 años y que debutó en 2009 con un concierto en la Concha Acústica del Parque Los Caobos en el marco de la celebración del 442 aniversario de Caracas. 
Cuando nos enteramos del acontecimiento lo primero que pasó por nuestra mente fue: “al fin se hará justicia con Teresa Carreño; existirá una orquesta dedicada exclusivamente a estudiar, interpretar y difundir el legado de la máxima artista venezolana”. Y quién mejor llamado a hacerlo que el Sistema de Orquestas, gracias a su proyección nacional e internacional. Si embargo, en su primera presentación en la Sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño su programa estuvo conformado por obras de Tchaikovsky, lo que no ha cambiado en posteriores presentaciones.

Aclaro: Para algunos venezolanos la figura de Teresa Carreño representa una especie de “ícono” civil que ha contribuido a la definición de nuestra nacionalidad, esa que comenzó a configurarse definitivamente en el siglo XIX, siglo del nacimiento de Teresa. Sin embargo, siguen las preguntas rondando: ¿Se ha hecho lo suficiente para dar a conocer al conjunto venezolano la obra y vida de la máxima artista? ¿Se ha hecho la proyección nacional e internacional de composiciones? ¿Por qué las orquestas venezolanas no incluyen alguna pieza de Teresa en sus programas de giras internacionales?

Homenajes en Venezuela
Hagamos un inventario: En Venezuela, en 1938 con motivo de la repatriación de sus restos se le rindió un homenaje en el Teatro Municipal de Caracas, con una velada artístico-literaria donde destacó el discurso pronunciado por Juan Bautista Plaza. Igualmente ese mismo año, motivado también por la repatriación, el Instituto Postal de Venezuela emitió una serie de estampillas en su honor.
Durante 1953, año del primer centenario de su nacimiento, se realizaron varios eventos por tal motivo. La Unión de Mujeres patrocinó el concurso “Esbozo biográfico de Teresa Carreño”, con un jurado integrado por Mariano Picón Salas (1901-1965), Eduardo Lira Espejo (1912-1980) y Antonia Palacios. 
Resultó ganadora la obra Esas manos cumplen cien años, de Héctor Mujica. El ministro de Educación, José Loreto Arismendi, aprobó una programación que incluía la celebración de un “certamen de compositores”, una exposición de cartas, fotos y objetos de Teresa Carreño, la realización de tres conferencias, la emisión de un sello de correo con su esfinge, la edición de un cartel alusivo, un concierto con sus obras y el otorgamiento de una beca de dos años a la estudiante de piano venezolana Nilyan Elena Pérez. El Concejo Municipal del Distrito Federal develó un busto suyo en los jardines del Paseo El Calvario, obra del escultor Pedro Basalo.

El Teatro Municipal de Caracas fue testigo de un nuevo homenaje a la Carreño realizado el 25 de diciembre de 1970. Ese día se presentó Rosario Marciano bajo los auspicios del Concejo Municipal y la Gobernación del Distrito Federal, ofreciendo un concierto con un programa similar al interpretado por Teresa Carreño el 25 de octubre de 1885 en el mismo piano Weber del siglo XIX, el cual había sido restaurado dos años antes en Viena por Alfred Watzek, gracias a gestiones de la propia Marciano y de Eduardo Tamayo Gascue. Dicho instrumento pasó luego al Teatro Teresa Carreño en 1987.

Entre diciembre de 1975 y enero de 1976 el Concejo Municipal del Distrito Federal, el Ministerio de Educación Nacional y el Museo del Teclado, realizaron la exposición Teresa Carreño: su vida en documentos, donde se presentaron algunas de las pertenencias y documentos de la artista, gracias a la labor de Rosario Marciano.

En época reciente, se han realizado diversos homenajes y eventos con la finalidad de enaltecer su figura, como conciertos, festivales, exposiciones o emisión de sellos postales. En la última década se recuerdan como eventos de notoria repercusión pública: el homenaje del Instituto Universitario de Estudios Musicales (IUDEM, 2001), la aparición del disco de la pianista venezolana Clara Rodríguez (2002), el montaje de la obra de teatro para niños Teresita, de Heli Berti, por el Teatro Tilingo; el homenaje del Coro de Ópera del Teatro Teresa Carreño con el espectáculo Tutta Voce; el ciclo de conciertos del Teatro Baralt de Maracaibo (2003) y el homenaje que organizamos en 2007, en colaboración entre la Fundación Teresa Carreño, la Biblioteca Nacional de Venezuela y el Panteón Nacional: Teresa Carreño: 90 años después, que incluyó diversas actividades.

Sala de Exposición Teresa Carreño

Además de nombrar Teresa Carreño al complejo cultural más importante de Venezuela, símbolo de la cultura nacional, el mayor homenaje que se la ha podido rendir es la sala de exposición permanente del Teatro Teresa Carreño, donde se resguardan documentos y objetos (cartas, manuscritos, fotos, trajes, partituras) y el piano de Teresa Carreño. 
Fue abierta al público en 1988, cuando fue inaugurada gracias al apoyo económico de la Fundación Neumann, mediante gestiones del entonces Gerente General del Teatro Elías Pérez Borjas, quien logró obtener en comodato las pertenencias de la pianista donadas por el Vassar College al Concejo Municipal del Distrito Federal, así como el piano Weber, utilizado especialmente por Teresa cuando vino a Caracas en 1885. La curaduría de la sala, desde su inauguración, fue responsabilidad de Arturo González hasta 2009. Sin embargo, esta sala fue cerrada hace más de dos años y su apertura es incierta. Esperamos que pronto los venezolanos y visitantes puedan contar con este espacio nuevamente, con una visión renovada.

En contraste…

En el exterior, rendirle honores a la Carreño en los países que cautivó con sus interpretaciones, es algo que no pasa desapercibido. Durante 1989, en el Teatro Intar de Nueva York se realizó el espectáculo “Carreño, A One Woman Classical Musical”, creado por Pamela Ross y Gene Fankel sobre la vida y obra de la pianista, el cual combinaba la actuación y el recital. Al año siguiente, este mismo espectáculo vino a Venezuela, para ser presentado en la Sala José Félix Ribas con los auspicios del Ateneo de Caracas y la Asociación Venezolana de Conciertos. ¿No debió ser al contrario? Que un espectáculo de esta dimensión fuera producido y generado en el país y exportado. ¡O que una propuesta con características parecidas se haya llevado a escena!

Estados Unidos
En 1999, una muestra representativa de su repertorio fue interpretada por la pianista Carmen Rodríguez Peralta en el Auditorio del Corcoran Gallery of Art de la ciudad de Washington, dentro de la programación cultural de la Embajada de Venezuela en Estados Unidos. Rodríguez Peralta se ha dedicado a la ejecución de piezas musicales de Teresa Carreño y a la investigación histórica de su obra. En tal sentido, ha sido editora de los trabajos para piano de la Carreño, publicados por Hildegard Publishing Company en 1996, y en el año 2000 el disco compacto Teresa Carreño: Solo Piano and Chamber Works. Conocemos otros ejemplos de músicos que están estudiando e interpretando las composiciones de la venezolana, como el caso de la pianista brasileña residenciada en Estados Unidos, Alessandra Feris.

La Colección Teresa Carreño del Vassar College-Nueva York

También en Norteamérica. Uno de los repositorios documentales más importante del mundo se encuentra precisamente en Estados Unidos. Se trata de una colección formada en 1941, a partir de la adquisición del legado de Teresa Carreño por el Departamento de Música del Vassar College. Está integrada por música impresa y manuscritos, libros de música, material pedagógico, cartas de y para Teresa, álbumes, programas de conciertos y fotografías de la artista.

Alemania
En Alemania se han realizado varios homenajes en su honor: el primero del que se tiene referencia se efectuó en Hamburgo con motivo de los setenta y cinco años de su nacimiento, organizado por una compañía de radio y la Dirección del Colegio para la Ciencia de los Pueblos de “Hans Bredow”. Numerosas son las regencias en todos estos años. A finales del siglo pasado, en Dresden se efectuó un nuevo homenaje para conmemorar los cincuenta años de su desaparición física (1967). Veintidós años más tarde, el Consejo de la ciudad de Coswig, la designó como “Ciudadana honorífica (post-mortem)” en reconocimiento a su labor en pro de esa ciudad, donde Teresa vivió varios años.

 “Villa Teresa”, Coswig-Alemania

Es una casa ubicada al lado del embarcadero de Kötitz (Coswig), construida junto a un extenso parque en 1874. En ella, entre 1892 y 1895, Teresa Carreño y su esposo Eugène D’Albert pasaban los veranos luego de sus temporadas de conciertos. En 2002 fue restaurada totalmente e inaugurada con el mismo nombre que D’Albert le puso en su época: “Villa Teresa”. Actualmente funciona como una sala de conciertos para la región de Meissen y la Sociedad Teresa Carreño.

Londres

En Londres, nos parece que el homenaje más importante que se le rinde a la venezolana universal es el Concurso Teresa Carreño del Royal College of Music, certamen en el cual los jóvenes pianistas ganadores del premio tocan un recital en el Bolívar Hall, espacio de la Embajada de Venezuela en ese país. El mismo se otorgó por primera vez en 1978 como iniciativa del doctor José Luis Salcedo Bastardo, Ministro venezolano de Estado para la Ciencia, la Tecnología y la Cultura. Este evento lo asumió en los años posteriores el Royal College of Music. Además son numerosos los eventos que se han registrado en homenaje a la caraqueña. El nombre que más a sonado últimamente, vinculado a ella, es el de la pianista venezolana Clara Rodríguez, quien la década pasada acompañó a la actriz inglesa Karin Fernald en un programa en el que se contaba la vida de Teresa Carreño: Liszt en faldas, un espectáculo de gran éxito, que ameritó varias presentaciones en el Royal Festival Hall, el Bolívar Hall y otros espacios. Recientemente, también, Clara Rodríguez le rindió tributo en los espacios abiertos del Southbank Centre de Londres (2010).

Notas finales…

se ha dicho de ella que al oírla se percibe el
olor del aire de la pradera y
el tronar de los volcanes sudamericanos
Ida María Lipsius, 1902

La historia de la Teresa de nuestro tiempo está por escribirse. Esa mujer venezolana de comienzo del siglo XXI, emprendedora, trabajadora, luchadora, protectora y soñadora, tiene en la Teresa decimonónica una referencia ejemplar. Pero no lo sabe, no se ha enterado. La historia de esa Teresa que cautivó al mundo con su arte no le ha llegado. No veo desatinado constituir un equipo de investigación dedicado al indagar sobre la artista y que apoyándose en conjunto de profesionales de diversas áreas como la comunicación, la educación y las artes, puedan formar una gran cruzada por difundir el legado y la ejemplaridad de la vida de Teresa en Venezuela y el extranjero. Un personaje único en la historial nacional, latinoamericana y universal.


Ese barco a la deriva tiene muchos faros, inmersos en la profundidad de la historia nacional, que lo pueden guiar. Solo basta con darle la importancia que les corresponde. Teresa, como esa luz resplandeciente en tiempos del siglo XIX, nos enseñó que la cultura era producto de la observación de la naturaleza, de la propia historia de los seres humanos y de las realizaciones espirituales o materiales, como la arquitectura o la poesía. La libertad, la constancia, la disciplina y el amor en lo que hacía la llevaron al camino de la eternidad.

Caracas- Madrid, Julio de 2013