viernes, 14 de febrero de 2014

Teresa Carreño: la "Leona del piano" y el amor a su patria*


Por Lucila Palacios

Antes de dar comienzo a mi disertación quiero referirme al hecho de que el ciudadano Presidente de la República, señor Carlos Andrés Pérez, ha creado un precedente al invitar por vez primera a la mujer venezolana a ocupar la tribuna del Panteón Nacional.
En nombre de todas mis compañeras de lucha por la igualdad social quiero expresar nuestro reconocimiento al señor Presidente por su iniciativa, y en mi propio nombre le agradezco la deferencia con que me ha honrado. Al mismo tiempo deseo expresar mi agradecimiento al Dr. José Luis Salcedo Bastardo, Ministro de Estado, Asesor para Asuntos Científicos, Tecnológicos y Culturales, por su valiosa colaboración. Hago llegar también mi palabra de gratitud al Ministro de Relaciones Interiores, Dr. Octavio Lepage y a la Dirección de Protocolo por las atenciones que me han dispensado.
"He amado a Venezuela, la he amado a veces por sus desgracias, otras por la generosidad de su Naturaleza y siempre como a una madre irreemplazable. En su seno quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo que reposen mis cenizas".

Así dijo Teresa Carreño en un minuto de recogimiento, de encuentro consigo misma, de reflexión acerca de la vida del ser humano que tiene un límite.Su grito de amor, su apasionada súplica, fue recogida. El 15 de febrero de 1938, en el Cementerio General del Sur, se depositaron sus restos mortales. Todo parecía concluido. Era ya una realidad la integración de Teresa con la madre tierra.

Mas en el espíritu de los venezolanos, de los músicos, de los artistas en general, empezó a germinar una aspiración. No bastaba conque la gran pianista hubiera llegado a la tierra nativa. Era necesario llevarla hasta el sitio digno de su gloria. El sitio en donde pudiera reposar en contacto con el polvo del suelo patrio y alternar con los inmortales.
Las puertas del Panteón Nacional empezaron a abrirse para recibirla. Había un lugar vacío destinado a ella. Más de treinta años dejaron caer su peso sobre el país sin que se cumpliera esta aspiración. Durante ese lapso maduró la conciencia de Venezuela. Rectificaciones de fondo se operaron tanto en la estructura corporal de la patria como en el orden de sus principios ductores. Y como una consecuencia de tal evolución le llegó el turno al 9 de diciembre de 1977. En este día, hoy, un Gobierno que representa cabalmente el libre ejercicio de la soberanía venezolana, está cumpliendo con orgullo el deber de honrar a una de sus más ilustres compatriotas y un pueblo ratifica con su asentimiento el acto de justicia.
Bajo el dintel del austero recinto del Panteón, han pasado los héroes y los hombres de pensamiento. Ahora, en su espacio abierto, por donde también cruzara Luisa Cáceres de Arismendi, se perfila la imagen de la mujer que se fue por el mundo y lo llenó de acordes musicales y le hizo sentir la presencia de Venezuela y la presencia caraqueña. Porque Teresa Carreño era una hija de Caracas y llevaba en sí misma la pasión de la ciudad procera. En su casa, en el hogar de Manuel Antonio Carreño y Clorinda García de Sena y Toro, la niña oyó hablar de historia. Gesto y locura gloriosos de Andrea de Ledezma, aventura apasionante de Francisco de Miranda, creación y andanzas de un Bolívar casi de leyenda. Todo el pasado heroico, toda la pujanza de su tierra nativa, tambor y guarura en el aborigen defensor de sus dominios, diana y clarín en los ejércitos libertadores, forjaron la primera sinfonía que recogió su oído musical. Mas el artista no se nutre únicamente con la historia. Se nutre también con el paisaje. Y hasta ella bajaban los rumores del Ávila, crepitar de los árboles, susurro del agua de sus quebradas, canto de los pájaros y esa voz silenciada de un presunto volcán extinto que en la lucha por la independencia hizo sentir en el pueblo su simbólica y violenta explosión. Y todos estos elementos históricos, y todos estos elementos autóctonos quedaron fundidos en su espíritu para siempre, y dieron forma a una personalidad de tan recio temple, tan avasalladora, que ya no fue únicamente venezolana y caraqueña sino que llegó a ser universal.
Hay que seguir paso a paso la trayectoria de Teresa, sus reacciones anímicas, su sensibilidad artística, para poder formarse una idea cabal de tan extraordinaria personalidad. Las nuevas generaciones apenas la conocen. Por eso, al escribir o hablar sobre ella, es casi un deber el trazar sus rasgos biográficos, el iniciar su estudio desde la infancia cuando ya daba muestras de ser una criatura genial. Dicen que desde la cuna -y no es leyenda- la niña seguía el ritmo de las canciones conque la adormecían. Manuel Antonio Carreño fue su primer maestro de música. Y pronto se dio cuenta de las aptitudes de su hija. La oyó improvisar y ejecutar algunas melodías que ejercían sobre los oyentes una extraña fascinación. Llegó un momento en que él se sintió incapacitado para seguir adelante en su función de preceptor. La alumna había superado al maestro. Entonces piensa en recurrir a nuevos recursos para ampliar la educación musical de Teresa, para ampliar el campo de su trayectoria futura.

En esos días la familia se mueve entre dificultades económicas y azares políticos. Carreño había sido Ministro de Relaciones Exteriores durante el ejercicio presidencial de Manuel Felipe Tovar, y Ministro de Hacienda durante el gobierno de Pedro Gual. Cuando este último fue derrocado se hizo un cerco de suspicacia, de intrigas, de rencor, en torno a sus colaboradores. Manuel Antonio educador; músico, autor de los "500 Ejercicios para Piano" destinado a los estudiantes de ese instrumento, y quien ha escrito varias obras didácticas y un "Manual de Urbanidad" para los jóvenes, a pesar de obra tan meritoria no puede escapar de las presiones de su época. Estas circunstancias adversas plasman su deseo de alejarse del país, precipitan su viaje. Con la ayuda económica de la abuela materna de la niña, doña Gertrudis del Toro, en un día de julio, mes caliente y de mar irritado, abandonan el puerto de La Guaira, y hacia New York se encaminan los Carreño, hacia New York se encamina Teresa "con las manos ausentes, diciendo siempre adiós, sonoras de turpiales, pegadas del teclado de los mares, volando en el cordaje de los vientos" como lo dijera una vez Andrés Eloy Blanco es este mismo recinto en el instante de la inhumación de los restos de Pérez Bonalde. Hacia un destino desconocido se encamina la futura "virtuosa" del piano.

Ella había sido la niña-prodigio en su ciudad natal. Había tocado el piano e improvisado "delante de las visitas, los periodistas y los diplomáticos amigos de su padre". Había aparecido en la primera página de los periódicos caraqueños. Y esta popularidad despertó la inquietud del padre y educador, siempre alerta y en defensa del talento de la hija y discípula. El teme que el exceso de halago termine con el afán de superación de Teresa, que su vocación se ahogue entre ditirambos y genuflexiones. En Nueva York las cosas cambian. Allí no se proyecta el recuerdo de don Cayetano, precursor musical de la familia. Allí no se siente la influencia social y artística de los Carreño. El ambiente es duro, casi inflexible para los recién llegados, para los desconocidos. Teresa tendrá que abrirse paso por sí misma, rodeada de caras nuevas y adustas, de maestros que la estudian y analizan, cuyo fallo será decisivo en los primeros días de su permanencia en tierra extraña.

El fallo fue favorable. Apenas lleva cuatro meses en la república norteña y ya ofrece su primer concierto. El acto consagratorio tuvo lugar el 25 de noviembre de 1862. Rodeada de una critica favorable, de la opinión pública y de los expertos en la música, poco tiempo después actúa como solista con la Orquesta Filarmónica de Boston. Se ha iniciado la carrera sin interrupción de una pianista siempre en ascenso, cada vez con mayores posibilidades de éxito.

Tiene diez años y ya empieza a saborear la gloria. La Casa Blanca se interesa.El Presidente Lincoln logra oírla y se emociona visiblemente. Después sigue hacia Cuba y en la Habana despierta un interés indescriptible. Respaldada por una brillante aunque corta trayectoria; bajo la tutela artística del padre, Teresa emprende un nuevo viaje. Se aleja del nuevo continente rumbo a Europa, su gran escenario del mañana. 
A medida que pasa el tiempo va creciendo la fama de la joven pianista venezolana. Mas el éxito no envanece a la mujer excepcional. El hecho de ofrecer conciertos en las principales ciudades de Europa en donde puede alternar con las más altas figuras mundiales, le sirve de estímulo. Ella trata de perfeccionar sus condiciones de pianista, la técnica adquirida, hasta lograr su propia técnica. Llega a ser dueña de una gran fuerza en la ejecución, domina el teclado, lo hace suyo, le arranca sonidos inesperados. A veces la crítica formula algunos reparos, algunas observaciones, pero queda dominada por su genio. Sobre todo, Teresa Carreño conquista al público con su temperamento apasionado, rebelde casi, un temperamento moldeado en el crisol del trópico.

Durante el lapso de su evolución como pianista la suerte le depara grandes sorpresas. Empiezan a surgir las contradicciones que han de envolver el resto de su existencia. Si ella es una triunfadora en el piano, si se ha distinguido como ejecutante, si logra impresionar al auditorio con sus brillantes interpretaciones musicales, si ha obtenido el aprecio de Rubinstein y de Rossini, si Franz Litz con una frase laudatoria la colocó a su mismo nivel, no sucede lo mismo con su vida íntima, con su vida sentimental. Contrae matrimonio con un afamado violinista, Emile Sauret, y la unión dura poco. Luego, subyugada por la personalidad del cantante Giovanni Tapliapietra celebra sus nuevos desposorios. Pero Tagliapietra es un hombre impulsivo dominante y pagado de sí mismo y choca con el vigoroso temple de su esposa.

Mas tarde Teresa llega de nuevo al matrimonio con Eugenio Francis Charles D'Albert. Posiblemente éste fue el hombre que ejerció mayor influencia en la Carreño, en su formación de concertista. El era un genial intérprete de los grandes maestros, Beethoven, Litz y especialmente Juan Sebastián Bach. Mas a pesar de la afinidad artística, el vinculo matrimonial quedó también deshecho. Por fin, con Arturo Tagliapietra, Teresa logra la normalidad del hogar, compañerismo y amor hasta el día de la muerte.

¿En qué abismos psicológicos, en qué ambiente emocional se movía Teresa Carreño en esos períodos de su vida? ¿Trataba ella de ser el elemento dominante en la intimidad familiar y en la música y la controversia surgía a causa de que el marido quería ser el dominador de la mujer y de la artista? ¿Confundía ella al hombre de carne y hueso con el instrumento de cuerdas de acero o por el contrario él concedía mayor importancia al aspecto mecánico de la profesional que a su condición humana? En Teresa la belleza fisica y espiritual y el arte en su máxima expresión deben de haber forjado una alianza, defensiva del personaje integral, coraza contra la cual se estrellaba el afán de predominio de la personalidad masculina. Fueron pruebas muy duras, de dolor, de incertidumbre, de angustia y desesperanza. Pero quizás tales pruebas contribuyeron a su éxito definitivo, Fue en esas horas, cruciales de su vida cuando ella pudo probar la fuerza de su voluntad. En esos momentos no sólo se hallaban en juego la estabilidad y la dicha conyugales, sino también la trayectoria artística. Teresa no abandonó jamás Ia lucha por su ideal. Dominó sus penas, les impuso su propio sello, tal como se lo había impuesto al piano. Y en esta actitud decidida y valiente radica en parte su grandeza personal. Ella comprendió el verdadero sentido de su vocación, de su proceso evolutivo musical, y la importancia del mantenimiento, de la continuidad en la función que desempeñaba. Tal vez pensó en los triunfadores, hombres o pueblos. Hizo su análisis. Triunfan los tenaces, triunfan los perseverantes. Y se ciñó a su ejemplo y dio ejemplo. Nada ni nadie logró arrancarla de su sitial frente al piano. Nada ni nadie logró desviarla de la línea de conducta artística que se había trazado.

 La profesión de Teresa la obligaba a viajar, a cambiar de país y de ambiente.Era un continuo peregrinaje a través del océano, bajo el cielo ¿Cuál de las dos inmensidades correspondía mejor a su sensibilidad musical, a su romanticismo? El mar ya le había mostrado su fiereza en aquel naufragio en donde estuvo a punto de perder la vida, en el primer viaje, mientras se dirigía con sus padres a Norte América. El cielo estaba lejos de su alcance de criatura mortal, de manos aladas sobre el teclado. Mas los creyentes y los poetas han situado la mansión de los espíritus celestes a grandes alturas, más allá del aire límpido, de la atmósfera que rodea a los humanos. Y en esa mansión todo es armonía. Música de alas, música de liras, música en la voz del querubín que se escapó temprano de la tierra y fue a ocupar un sitio al lado del artífice de las galaxias infinitas y su distribución armónica y su ritmo regular y eterno. Teresa durante sus viajes debe haber dejado correr su fantasía en la perenne contemplación de ese mar y ese cielo subyugantes, magníficos; debe de haberse sumergido espiritualmente en su azul, en su inquietud, en su misterio, de donde emanan esas fuerzas desconocidas que rodean al Creador y lo sumen en el éxtasis o lo arrebatan en el vértigo. Y no pudo escapar del hechizo. Cae en el juego envolvente de la creación. No es únicamente una pianista, es también una compositora. Y si en la interpretación de los grandes maestros su ser se transforma  en un tenso cordaje lírico, en la producción musical, propia, todo cuanto lleva en sí misma de emocional, se vuelca, se derrama. Es larga la enumeración de todos sus títulos con sus influencias, sus matices, sus gradaciones emotivas. El "Cuarteto para Cuerdas en Si Bemol" es considerado como el mejor fruto de su madurez. Los expertos en composición creen encontrar reminiscencias de la patria lejana, ritmos folklóricos venezolanos en "Bal en reve Opus 26". El "Himno a Bolívar" es el estremecimiento de su fibra patriótica, el "Vals a Teresita" un latido de su corazón de madre, el "Saludo a Caracas" un encuentro de amor con la familia y la casa solariega contemplada a distancia en el curso de veinte y tres años.

A Caracas volvió y su ciudad la recibió con alborozo. La pluma de Teresa Carreño es el mejor testimonio del cálido recibimiento caraqueño. "Toda la ciudad salió a recibirme, con una banda de música, discursos y todas las demostraciones de afecto de mis conciudadanos" -comenta en una carta dirigida a su amiga Carolina Keating Reed- Mas no quiere entrar en detalles por temor a que se confunda su alegría con un gesto de vanidad. A pesar de sus escrúpulos, a lo largo de la misiva confidencial confiesa: "Mi entrada a la ciudad fue de tal regocijo general que las calles por donde pasaba mi carruaje, desde la estación hasta la casa, estaban llenas con una multitud que me aclamaba y ondeaba sus sombreros y pañuelos como si yo fuera una reina que entrara a su ciudad. Puesto que las ovaciones, flores, discursos, serenatas, condecoraciones, medallas y en fin toda clase de demostraciones agradables y honoríficas recaían sobre mí, me he sentido durante todo el tiempo como si no mereciera nada de esto y fueran pocos mis méritos en comparación a los honores que recibía. El Gobierno me concedió el "Busto del Libertador" el más alto honor que se concede a alguien". Y dando rienda suelta a su expansión, continúa: "Lo que más me conmovió fue una bella medalla de oro que la prensa de Caracas me entregó con un pergamino que contenía tantas alabanzas que a duras penas me reconocí en ellas después de haberlas leído".
Guzmán Blanco había retornado al poder. Deslumbrado por el brillo de su compatriota la autoriza para regresar a Europa y contratar una Compañía formada por cantantes de renombre, a fin de presentarla en el Teatro Municipal. Teresa Carreño se dispone a hacer efectiva la disposición presidencial pero no tiene suerte en su gestión. Debido a la proximidad del invierno los más afamados cantantes europeos ya estaban comprometidos para la temporada invernal y ella tuvo que conformarse con un grupo mediocre. En Venezuela la Compañía de Opera no gustó. Caracas era muy exigente en materia de canto y música y rechazó al elenco operístico. 
Los opositores del gobierno aprovecharon estas circunstancias y empezaron a moverse en la sombra. El escándalo se produjo. Al parecer, la maniobra estaba dirigida contra Guzmán. Pero envolvió a Teresa. Las figuras célebres están expuestas a las reacciones de los pueblos. Casi nunca se les contempla desde un ángulo imparcial. Se les endiosa o se le denigra.

En este último caso, la crítica acerba tiende a deformar la personalidad. Rodeada de una atmósfera agresiva Teresa se sintió en peligro: su reputación artística podría ser destruida. Y en tal emergencia se muestra de cuerpo entero, en la plenitud de su energía. Adopta una actitud resuelta: asume todas las responsabilidades. La noche en que el teatro es abandonado por el Director de Orquesta toma la batuta por primera vez en su vida y dirige magistralmente "La Favorita" y "La Sonámbula".    

Aquel gesto de un valor casi rayano en la temeridad, aquel desafío a unos contrincantes poderosos, unido a su porte de reina, a un nombre artístico limpiamente ganado, hicieron su efecto. La crisis fue conjurada pero ya el fracaso había tenido lugar y no se podía reparar el daño. No obstante, ella cumple sus compromisos, cubre el resto del programa y sale de su país con la frente en alto, amargo el corazón pero serena la conciencia.

Ubicada en el signo de los grandes caraqueños impulsados y resueltos hacia el mundo como Bolívar, Bello y Miranda, quienes encarnan un concepto inobjetable de la libertad, Teresa Carreño también combate por una liberación: en su actitud asume la defensa del artista casi siempre desasistido de ayuda social, juguete de la  opinión, cuyos méritos trata de despedazar la jauría de los intereses creados. Está siempre de pie, dispuesta a emprender una nueva jornada. No se conforma con ser lo que es, ni con dejar a la posteridad sus partituras y su versión de gran intérprete.        

Aspira a redondear su obra como educadora en el campo musical. Toma la pluma y escribe. Condensa sus experiencias en un libro "Las posibilidades del color del sonido a través del uso artístico del pedal". Dicta una serie de reglas que pueden ser útiles a los estudiosos del piano y que responde a su naturaleza generosa: dádiva del espíritu y de una larga trayectoria de trabajo.

Al escribir su obra didáctica Teresa proyecta una nueva imagen de Venezuela. Se trata de una variación de su actividad diaria, no menos importante en la cultura: la labor docente. Y al realizar aquella nueva incursión por los predios de la música no hace mas que repetirse a sí misma. Ella ha sido durante toda su vida una perenne lección de perseverancia, animada por el arte más puro, y mantenedora de la procedencia sudamericana que hace sentir en todas sus interpretaciones.

La llegaron a llamar "la leona del piano" porque había momentos en que su actuación tenía la sonoridad de una selva donde cantan sordamente las cataratas y rugen los pumas. Y esta impresión la recogían todos cuantos la escuchaban, y recorrió los países de Europa, los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia y África del Sur. Las críticas coincidían, se enlazaban unas con otras, las opiniones parecían partir de un lugar común aunque estuvieran situadas en las más diversas latitudes.

En 1897, en el periódico "Advertiser" de New York, al comentar uno de sus conciertos, se decía: "o la oímos bajo la luz clara del mediodía o la oímos en medio de la selva tropical a la media noche, enmarcada por dos fogatas que hablan de felinos". En 1902, en una publicación especializada europea, Ida Marie Lipsius, después de haber asistido a uno de sus conciertos, ratificaba esta apreciación: "se ha dicho de ella que al escucharla se percibe el olor del aire de la pradera y el tronar de los volcanes sudamericanos. No se sabe que admirar más en ella, si sus brillantes pasajes arpegios, sus trinos y octavas fenomenales o su poder dinámico sin limites".


Y más tarde, al referirse a que Teresa había tenido oposición, la misma autora del anterior artículo periodístico añadía: "¿Pero quién se atreve a hablar después de escucharla en la Fantasía en Do Mayor de Schumann, en la Sonata Opus 109 de Beethoven o en una interpretación de Weber?" Y señala que todos los elementos críticos enmudecieron cuando "ella con su enorme voluntad de acero dominó su tremenda fuerza tísica y la cambió par control, por potencia espiritual". Y esa voluntad de que Teresa es dueña se atribuye a su ancestro, a la influencia telúrica del país de origen. En 1903, desde Berlín, el conocido y afamado musicólogo Rudolf Marie Breithaupt, se expresa en los mismos términos: "Su sangre hace su arte, su fuego hace su fuerza, su poder. Todo su genial instinto para el piano no valdría nada si no poseyera esa sangre y ese brillo. El fuego de una caraqueña, el volcán de un alma del Sur, estos dos elementos unidos a un ritmo de acero, hacen de ella un coloso, ante el cual se inclina el mundo entero. Su raza es su individualidad. Ella es la fuente de su dicción: su música y su arte se rigen por un principio dramático". Serie de observaciones que completa Max Reger, cuando desde Wisbanden, escribe: "Es posible que la ascendencia sudamericana haya tenido en Teresa Carreño la mayor influencia en su personalidad artística".


Ante propios y extraños ella estaba rodeada por el mágico ambiente de la patria distante. Se le consideraba como una mujer-pueblo una mujer-raza, una mujer que encarnaba la geografía de un continente y de un país. Mas a pesar de todos esos grandes triunfos, a pesar de su nombre y su prestigio, Teresa Carreño no disfrutaba de una posición holgada. Durante muchos años su piano fue el sostén de la familia.          

Esta larga cadena de obligaciones materiales le impidió gozar ampliamente de su arte, de la gracia divina que había tocado su alma para hacerla vibrar con arrebatadoras melodías. Su arte era compromiso. Quizás fue un dogal, a veces.
Mas todo cambió cuando ella decidió radicarse en Berlín. Alemania era entonces el centro de la cultura musical. Consagraba reputaciones o las destruía. A Teresa se le señalaba como "la mejor pianista del mundo". Alemania no le disputó el título que más tarde adquiriría perpetuidad en el mármol gris del Cornagie Hall de New York, donde en letras de oro figura grabado su nombre entre los de Franz Litz e Ignacio Jan Paderewski, como los tres grandes del teclado. En Berlín estuvo rodeada por la fama. Ocupaba un lugar relevante, y a veces no podía atender a todos los contratos que se le ofrecían. Empezó a formar parte de la ciudad, se ganó el cariño y el aprecio de sus habitantes. Como reina del arte -uno de sus muchos títulos- ejercía su reinado con gracia y dignidad.

La primera guerra mundial rompió el hilo de su vida reconstruida pues compartía su tiempo entre el arte y el hogar, entre el público de las salas de concierto y el marido y los hijos. En torno de Teresa y de todos los artistas radicados en Europa se cerró el cerco de la contienda. No tenían posibilidades para actuar, los teatros estaban vacíos, la música había enmudecido, sólo se escuchaban los partes oficiales y sus dramáticas informaciones, sólo se escuchaba a lo lejos el estampido del cañón.
Los Estados Unidos no habían entrado aún en la conflagración mundial cuando Teresa recibió un contrato ventajosísimo ofrecido desde New York. Se trataba de una red de conciertos que debía extenderse desde la metrópoli y que enlazaría a Boston, Chicago, Kansas City y "otras ciudades importantes" de la gran república norteña. En atención a esta oferta halagadora, Teresa acompañada de Arturo Tagliapietra y de sus hijos, se traslada a los Estados Unidos.

Pero ella dirigía siempre sus miradas hacia Venezuela y acariciaba un nuevo proyecto de viaje en 1917. En una gira que debía empezar por el Brasil, encadenar varios países latinoamericanos y terminar en Caracas, cifraba Teresa su más honda esperanza.

Sombra vetusta del Ávila bajo el rojo atardecer de marzo o la clara luna de enero. Rumor casi apagado del Guaire empobrecido. Fragancia de Galipán y su canastillo de flores. La Catedral y sus alegres campanas en los días feriados. Las calles de la ciudad estrechas o en renovación. Recuerdos del ayer, de la niña visionaria y su gran juguete: el piano. La Escuela de Música de Chacao en los recuentos del pasado colonial. Las innovaciones del arte en la nueva era. Todo un cuadro plástico de vivos colores se adueñó de la imaginación de la artista ante la cercanía del retorno a la patria.
Mas sobre ella cae un nefasto día. El 17 de junio de 1917 la envuelve en su sombra y su duelo. Dolor en las pupilas, dolor en las sienes, un entorpecimiento total, la clínica, el tratamiento médico que fracasa, la armazón física que sé desploma, y la muerte. Se produce una consternación en los círculos de arte, sorprendidos por la inesperada noticia. El mundo musical se estremece como si hubiera derrumbado una de sus columnas. Rodean el féretro de la célebre concertista y luego lo llevan en hombros las más eminentes personalidades artísticas reunidas en New York, entre ellas Ignacio Jan Paderewski, Joseph Stransky, Albert Spalding y otros.

Teresa Carreño había abandonado la tierra llevándose un último anhelo frustrado. Venezuela se le esfumó en la niebla de lo desconocido. No tuvo tiempo de llegar a ella, no pudo verla ni tocarla, ni aspirar su perfume, ni sentir su calor.

"He amado a Venezuela -había dicho- la he amado a veces por sus desgracias, otras por la generosidad de su Naturaleza y siempre como a una madre irreemplazable. En su seno quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo que reposen mis cenizas".

Es el testimonio de un amor que resistió a todas las pruebas. El amor de los grandes ciudadanos que no han escatimado sus servicios a la patria. El amor ejemplar que refrendó la personalidad artística de Teresa y ha traído hasta aquí sus residuos físicos, y llena el Panteón con su música y con su luz.

Con su música que dentro de poco entonarán mil voces juveniles en una interpretación del "Himno a Bolívar", pieza que por sí sola es una comunión de honor, de patria, de historia desglosada de su testamento lírico y sentimental.

Con su luz, porque el homenaje que la "hermana y funde al resumen mayor de los valores venezolanos" se celebra cuando Caracas, su cuna, empieza a vivir un tercer siglo como cabeza y guía de Venezuela y ya no es urbe doméstica, ni ciudad nacional, ni siquiera faro hemisférico, sino que se ha convertido en la ciudad de las mil antenas extendidas hacia todos los signos del tiempo, sensible a las corrientes vertiginosas de la época, integrada a la universalidad.
*“Discurso” pronunciado en el Panteón Nacional, Caracas, 9 de diciembre de 1977.


lunes, 20 de enero de 2014

Teresa Carreño: aproximación a una grandeza*


Por Benjamín Jenne

"The World's Greatest Woman Pianist", tal era el título que se daba ya en vida a la venezolana Teresa Carreño (Caracas 22 XII 1853 – N. Y. 12 VI 1917) pianista, compositora, pedagoga y cantante. En el campo de las artes interpretativas fue la primera artista de renombre auténticamente mundial de todo el continente americano. Dió a conocer su arte no sólo en toda Europa y parte de América, sino incluso en África del Sur y Oceanía.

Hacer una lista de todas las eminencias con quienes tuvo contacto es casi un índice de personalidades de la cultura musical occidental de ese tiempo. Hombres de tan disímiles culturas y épocas como Rossini y Bartók, llegaron a admirarla. Su temperamento, dominio técnico, sonido, gran repertorio, sentido estético y personalidad, subyugaron a creadores, críticos y públicos por igual. Fue además una de las mujeres más bellas de los escenarios de entonces. Su vida personal no fue fácil. Desde muy joven debió asistir económicamente a su familia. Sus cuatro matrimonios fueron motivo de comentarios y su papel como madre estuvo lleno de preocupaciones.

El hermosísimo libro de Marta Milinowski sobre Teresa Carreño fue escrito con una absoluta admiración; produce un efecto contagiante y crea la imagen de un ser sobrehumano. Pero curiosamente y ante todo esto, hay quienes aún con cierto respeto y solapadamente se atreven a dudar de tanta maravilla. El problema está en que la magia de Teresa Carreño como fenómeno artístico, no ha sido analizado aún en toda su profundidad. Y si bien hay otros (pequeños) libros, no existe un estudio que permita establecer una actitud de interpretación alternativa al personaje.
Ni mucho menos, se ha hecho una aproximación explicativa
a su arte como tal.

No obstante algo se nos hace evidente; si bien el talento
puede surgir en cualquier lugar, son las circunstancias subsiguientes las que determinarán su destino. Y en Teresa Carreño, hubo una genial capacidad de percibir su ambiente. Observar en él los hechos, los valores y a los hombres.        

Analizarse en perspectiva a ellos y realizar luego un incesante proceso de desarrollo. Seguramente no sin errores y dolor, de lo que poco sabemos, y cuyos resultados al fin exitosos, la fueron llevando a los máximos niveles de su arte en el mundo.

Así, Manuel Antonio Carreño fue quizás el mejor padre que pudo tener, hombre excepcional, creador del famoso "Manual", hizo de su hija una dama impecable en las altas esferas y los "580 Ejercicios" que le compuso seguían las ideas cromáticas de Liszt, sin conocerlo entonces. A ellos atribuía la Carreño, parte de su dominio técnico.

La tuteló el excéntrico Gottschalk, quien la introdujo en el hipervirtuosismo y fue el primer profesional en declarar su  genio.

Georges Mathias, alumno de Chopin, le transmitió el estilo del bardo polaco, que pasó a ser entonces uno de sus autores favoritos. A los veinte años se casa con Emile Sauret, ésto la introduce al refinado arte del violín. Sauret llegó a ser un gran violinista y su "Gradus ad Parnassum'' es un zenith del virtuosismo pedagógico. Los matrimonios con los hermanos Tagliapietra, la amistad con Rossini y las hermanas Patti la vinculan al mundo del Bel Canto. Su toque adquiere entonces mayor expresividad y sonido.

Antón Rubinstein, "el mayor pianista después de Liszt" fue quizá el espíritu más afín a la Carreño. Le trasmitió ante todo, el sentido de honestidad artística. Ambos se adoraban y Teresa Carreño obtuvo de él, no menos de lo que pudo darle Liszt. Su tercer marido, el pianista y compositor Eugene De Albert, hombre difícil pero de talento indiscutible, fue un gran intérprete de los clásicos como Bach y Beethoven. Su influencia y el de la cultura alemana en general, marcaron el arte de la Carreño elevándolo decididamente al más alto nivel mundial. Desde entonces su repertorio adquirió solidez conceptual y estética hasta el fin.

Evidencias muestran como Teresa Carreño no fue jamás pasiva con sus dones, trabajando su arte incesantemente. Como creadora, en sus páginas más logradas hay un gran sentido para los efectos pianísticos y eufonía permanente. La elegancia, brillo y sutil ternura de esas pequeñas piezas debieron fascinar al público de entonces.

Como maestra, no tuvo suficientes alumnos como para legar una tradición, pero una de las eminencias grises del piano de este siglo, Egon Pietri, estudió con ella antes de ser alumno de Busoni. Y sus ideas pedagógicas revelan una mente preclara, que teóricamente como maestra la colocan a la par de pioneros incomprendidos como Simón Rodríguez.

Hacia finales del siglo, mucho se investigaba sobre la esencia del virtuosismo. Cuando antes todo eran "dedos", ahora se buscaba cómo dominar las acrobacias de las nuevas obras. Rudolf María Breithavpt, dedicó a la Carreño su monumental escrito sobre el toque por peso y relajamiento. Y así, desde una perspectiva histórica, la Carreño fue vista también como el epítome que sintetizaba el mayor hallazgo en materia de técnica pianística de entonces.

Las antiguas grabaciones por su distorsión, suelen crear hoy suspicacias. Pero si bien dichos registros no son elocuentes para neófitos, el oído conocedor sí puede discernir una idea muy aproximada de lo que debió ser la artista en condiciones apropiadas. El dudar de una grandeza por esas grabaciones, y decir que hoy no serían aceptadas es tan injusto como absurdo, ya que cada quien sólo vive en su época, y es en esa cronología que cuentan sus logros.

En este sentido la Carreño, tuvo la admiración de las élites más cultas y con frecuencia de los propios creadores de las obras interpretadas. Hoy hemos cambiado ese privilegio por el dudoso de la técnica y por los "valores" de la cultura de masas. Teresa Carreño grabó solo unos cuantos rollos de piano la, pero a pesar de su deficiencia sonora, se perciben en ella todos los elementos que caracterizaban el llamado "gran estilo" de eminencias del pasado como Busoni, Paderewski o Rosenthal. Sus incisiones de Schubert, Liszt y Chopin, por ejemplo, denotan un control absoluto del "rubato", cualidad que sólo se da con el dominio de una técnica completa. Y había en ella un concepto espléndido de los estilos, por lo que parecen cada vez, pianistas diferentes.

Y si aceptamos que la "perfección" es más que todo una teoría, la grabación del Nocturno Op.48 No. 1 de F. Chopin, es la "sugerencia" más hermosa que se ha hecho de esta obra en disco. Sincretismo de tristeza, pasión y belleza, quizás esencia de ella misma.

Hace algún tiempo, el entonces afinador oficial del Teatro Leonardo Pizzolante nos comentaba que durante la última presentación en Caracas del genial pianista chileno Claudio Arrau, fue conducido por él a probar el piano. El gran artista, ya anciano, se detuvo antes en el centro del escenario, contempló la gran sala vacía
con admiración y asintiendo con la cabeza dijo: "Así que por fin, se acordaron ustedes de quién fue nuestra Teresita Carreño?" Si Maestro, afortunadamente.


*Este artículo se publicó inicialmente en el libro Teatro Teresa Carreño. XV Aniversario. Caracas, Fundación Teresa Carreño/Fundación Cultural Chacao, 1998.

domingo, 22 de diciembre de 2013

La niña prodigio: entre el piano y la composición

Por David Coifman*
Entre el 30 de diciembre de 1862 y el 30 de enero de 1863, el periódico Boston Daily Evenings Transcript publicó a diario entre uno o dos anuncios publicitarios sobre los distintos recitales que Teresa Carreño ofrecería ese mes en el “Boston Music Hall” de dicha ciudad americana. El 21 de enero de 1863, se recoge sin embargo la primera vez de una práctica que será habitual a lo largo de las presentaciones juveniles de Teresa Carreño por Europa. La práctica consiste en ofrecer a la venta la edición de una obra supuestamente compuesta por la niña prodigio que había sido muy aclamada durante sus presentaciones, principalmente utilizada como encore final. De esta manera, la reputación de la niña prodigio crecía tanto en su condición de versátil pianista como por su precocidad en la composición musical.

En la ocasión de sus primeras presentaciones en Nueva York, a finales de 1862, y en Boston, a principios del año de 1863, fue muy aclamada por su interpretación de una “polka” que sería conocida como “Polka Teresa Carreño” (en inglés: Teresa Carreño Polka). Y, en efecto, la obra fue ofrecida a la venta pública, por primera vez, en el citado periódico de Boston, del 21 de enero de 1863, que aquí incluimos. Lo sorprendente es que la obra es ofrecida como “escrita por Adolph Baumbach”. Este compositor americano, muy poco referenciado por las enciclopedias americanas, es conocido por su producción de obras populares, entre las que se incluyen un variado número de polkas para piano.
Sin embargo, parece haber sido muy conocido por componer obras que harían muy famoso a otros autores, siendo quizá un ejemplo de la correspondencia con el llamado “negro” o escritor real detrás de algunos famosos autores. En todo caso, ninguna de las que se conocen de este autor hoy día lleva por nombre “La Polka Teresa Carreño”, en cambio su composición se corresponde con la fecha en que la artista se hizo muy conocida por interpretar en Nueva York y Boston “su” famosa polka. Todo lo cual nos obliga a preguntar: ¿Es la polka de Teresa Carreño, hoy identificada como su opus 2, en realidad de su autoría o fue escrita por Adolph Baumbach? Traer pues a reflexión esta información es sólo un ejemplo del enorme trabajo hemerográfico que aún falta por realizarse sobre la aclamada artista internacional, de la que ahora celebramos el 160 aniversario de nacimiento.
*Musicólogo, miembro de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
Madrid, diciembre de 2013


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Teresa Carreño, él último prodigio de una efectiva escuela musical catedralicia en Venezuela

A propósito del 160 aniversario de su nacimiento

por David Coifman*

Mucho se ha repetido, y con razón, que la pianista venezolana Teresa Carreño (1853-1917), fue una niña prodigio que se ganó el respeto internacional a partir de su primera y muy aclamada presentación pública, con sólo 8 años de edad, realizada en el gran salón de baile “Irving Hall” de Nueva York, el 25 de noviembre de 1862. También sabemos que fue la tercera de cinco hijos de Manuel Antonio Carreño (n. 17 de junio de 1813), principalmente conocido como el abogado que escribió el influyente y muy difundido Manual de urbanidad y buenas maneras (1853).

Nunca se ha dicho, sin embargo, que Manuel Antonio Carreño, hijo del maestro de capilla José Cayetano Carreño (1774-1836), fue también un niño prodigio que ocupó el cargo de “cantante tercero” (la voz más aguda de las tres plazas asalariadas para cantantes) de la capilla musical catedralicia, el 9 de febrero de 1822, contando entonces 8 años de edad. Labor de cantante bajo contrato que obtendría después de ejercer el cargo de “músico meritorio” (=cantante a destajo de la tribuna) desde al menos los 6 años de edad. Además, Manuel Antonio habría debido demostrar amplias habilidades para tocar el violín, la viola, el violón, el fagot, el órgano y el clave por ser obligación de los cantantes contratados sustituir a los instrumentistas de la capilla catedralicia cuando no podían asistir a sus labores musicales por razones justificadas.

La plaza de cantante tercero que Manuel Antonio ganó con sólo 8 años de edad había estado ocupada hasta la fecha por su hermano José Cayetano “el hijo” (n. el 8 de julio de 1804), desde el 4 de junio de 1817, es decir desde los 12 años de edad. Antes de ejercer este cargo, José Cayetano “el hijo” junto con su hermano menor José Lorenzo (n. el 9 de agosto de 1807) recibían remuneración como músicos meritorios de la capilla catedralicia, al menos (que se conozca) desde diciembre de 1814, contando respectivamente 10 y 7 años de edad. Lo que señala haber sido ambos, también, niños prodigios.
El 10 de agosto de 1813, José Ciriaco Carreño (n. 8 de agosto de 1795), primogénito
del maestro de capilla José Cayetano Carreño, renunció apenas cumplidos los 18 años de edad a su labor bajo contrato de organista segundo en la catedral caraqueña para sumarse a la tropa patriótica, muriendo en la Batalla de Urica, el 5 de diciembre de 1814. José Ciriaco había sido también un niño prodigio, de quien sabemos haber percibido remuneración económica por su labor estable como cantante meritorio de la tribuna desde los 6 años de edad, y como organista segundo obtenido por concurso público, desde el 11 de marzo de 1810, es decir contando entonces apenas 14 años de edad.


El 18 de agosto de 1813, Juan Bautista Carreño (n. 1 de julio de 1802), cuarto hijo del maestro de capilla, ganó por concurso público el cargo de organista segundo que dejó vacante su hermano mayor José Ciriaco. Contaba entonces tan sólo 11 años de edad, es decir el más joven de dos generaciones de músicos de la familia Carreño en ocupar por concurso público la exigente labor de organista en la catedral caraqueña. Para satisfacer esta obligación contractual, Juan Bautista habría debido ocupar hasta la fecha un cargo de músico meritorio en la Tribuna, mientras se instruía con su padre y su hermano mayor en la ejecución de los órganos y el clave de la institución, acompañando principalmente la música vocal solemne catedralicia compuesta por Juan Manuel Olivares, José Ángel Lamas y la de su padre. Razones de peso conocidas (además de la tradición familiar) por las cuales los últimos vástagos hasta la fecha de la familia Carreño (José Cayetano “el hijo” y José Lorenzo) habrían de ser requeridos por su padre para aumentar las voces de la tribuna desde al menos mediados del año 1813, contando entonces 8 y 6 años de edad respectivamente.
La tradición de los niños Carreño de trabajar como músicos de la capilla catedralicia desde muy temprana edad bajo la guía de su padre, maestro y jefe José Cayetano Carreño, primero como cantantes meritorios asalariados (desde aproximadamente los 6 años de edad, lo que implicaba comenzar a estudiar canto y música aproximadamente desde los 4 o 5 años de edad) para luego ocupar alguno de los exigentes cargos catedralicios de organista bajo contrato por concurso público (entre los 11 y 14 años de edad) fue observada hasta el último de los vástagos, Juan de la Cruz Carreño (n. 24 de noviembre de 1815), quien ganó al cargo vacante de “cantor de la capilla” (cantante primero), el 7 de octubre de 1834, teniendo entonces 18 años de edad, después de graduarse dos años antes (con 16 años) de Bachiller en Artes por la Universidad de Caracas. Sería, de la familia Carreño, el más joven en obtener una diplomatura universitaria. Juan de la Cruz fue además el padrino de bautismo de Teresa Carreño, y acompañó a la familia en su viaje a Nueva York, cuando presenció el debut internacional de la niña prodigio en noviembre de 1862.

Hasta la fecha de nacimiento de Teresa Carreño, el 22 de diciembre de 1853, se registran en Caracas además los nacimientos de hasta 20 primos-hermanos (según las actas conocidas de bautismo y de defunción al nacer), todos hijos legítimos de los nueve hijos legítimos del maestro de capilla José Cayetano Carreño. Entre ellos, José Ciriaco del Carmen Carreño-Pérez “el sobrino” (n. 5 de marzo de 1831), segundo hijo de José Cayetano Carreño-Muñoz, se destacó también como niño prodigio de la tribuna catedralicia, recibiendo remuneración como cantante meritorio (según fecha del recibo de pago más temprana que se conoce), el 22 de diciembre de 1840, contando sólo 9 años de edad, para luego ingresar bajo contrato como cantante tercero de la capilla musical, el 8 de junio de 1841, con sólo 10 años de edad. José Ciriaco “el sobrino” sustituía en el cargo de cantante tercero a su primo mayor, hijo de Felipa Carreño, Ramón María Pérez-Carreño (n. 21 de enero de 1827), quien contaba entonces 14 años de edad. Es decir, la etapa de la adolescencia en la que estaría cambiando la voz aguda de tiple por una más grave, justificando el pronto reemplazo vocal por la de un niño de menor edad, como la de su primo.
Por lo tanto, al momento de su mudanza de Venezuela, Teresa Carreño se llevaría consigo el recuerdo de haber compartido por la rama paterna con una familia numerosa integrada por los siguientes primos-hermanos mayores (de los que podemos citar de los sobrevivientes según registros): Ramón María y María de la Concepción Pérez-Carreño, hijos de Felipa Carreño-Muñoz, quien murió con 37 años de edad, el 7 de diciembre de 1837; Juan Bautista Anselmo y Miguel Ezequiel Rafael Carreño-Martínez, hijos de Juan Bautista Carreño-Muñoz, quien murió con 47 años de edad, el 15 de noviembre de 1849; Isabel María, José Cayetano “el nieto”, José Ciriaco “el sobrino”, Fernando Lorenzo, Luís María, Belén de la Santísima Trinidad y María del Rosario Carreño-Pérez, hijos de José Cayetano Carreño-Muñoz, quien murió con 38 años de edad, el 29 de diciembre de 1842; Belén María Pérez-Carreño, hija de María Isabel Carreño-Muñoz (cuya fecha de defunción desconozco); y José Lorenzo Carreño-Martí, hijo de José Lorenzo Carreño-Muñoz (cuya fecha de defunción se desconoce). José Lorenzo Carreño-Martí contrajo matrimonio con su prima-hermana María Emilia Gertrudis de Jesús, hija mayor de Manuel Antonio Carreño y única de los tres hermanos mayores de Teresa que sobrevive la niñez (mueren una hermana mayor de nombre María Teresa y un hermano mayor de nombre Manuel Antonio, y sobrevive un hermano menor llamado también Manuel Antonio). No se conoce si Juan de la Cruz Carreño tuvo hijos. En todo caso, durante sus primeros ocho años de vida en Caracas, Teresa Carreño contó para su aprendizaje musical con al menos cinco miembros vivos de su familia paterna (es decir, su padre Manuel Antonio, su tío José Lorenzo, su tío y padrino Juan de la Cruz, su primo mayor Ramón María y su primo José Ciriaco) que habían sido niños prodigios bajo contrato laboral en la catedral caraqueña, en la condición de cantantes meritorios e instrumentistas, siguiendo la enseñanza y el ejemplo de su famoso abuelo José Cayetano Carreño.

Que los seis hijos varones (descartando al segundo José Lino, quien murió al año de nacer, en 1798, y a las dos hijas por no permitírseles a las mujeres participar en la música litúrgica pública) y dos nietos varones del maestro de capilla José Cayetano Carreño tuvieran la posibilidad de laborar como niños prodigios de la música catedralicia caraqueña, con constatadas habilidades vocales e instrumentales para ser contratados en varias de las plazas asalariadas de canto y de organista, alcanzado incluso dos de ellos a ejercer el exigente puesto catedralicio de maestro de capilla (Manuel Antonio ocupó el cargo desde la fecha de defunción de su padre, el 3 de marzo de 1836, hasta el 18 de junio de 1841, cuando renunció a favor de su hermano mayor José Cayetano “el hijo”, quien lo ejerció hasta su muerte, en diciembre de 1842) muestra la fuerte influencia de una efectiva escuela musical de tradición familiar caraqueña que obtendría el primer reconocimiento internacional cuando otro de los niños prodigios Carreño, en esta ocasión la primera niña (Teresa), debutó como pianista en Nueva York, en 1862. Hasta la fecha, la extraordinaria versatilidad musical de la familia Carreño habría sido asumida en Caracas como “normal” y acorde con el reciclaje generacional de niños prodigios integrantes de una esmerada escuela musical de tradición catedralicia. Porque el único parámetro que marcó en realidad la diferencia en la valoración musical de Teresa como niña prodigio, perteneciente a una familia musical conformada por tres generaciones de niños prodigios, fue haber tenido la oportunidad de salir del país para exponer su tradición educativa familiar a la opinión pública internacional, y principalmente ante el influyente crítico musical de Boston, John Sullivan Dwight. Crítico que se formuló insistentemente la siguiente pregunta después de escucharla debutar en Boston, en enero de 1863: ¿Dónde y con quién aprendió Teresa Carreño a tocar el piano con tanta maestría artística?

La respuesta a la pregunta del crítico musical americano Dwight sobre la prodigiosa trayectoria pianística de Teresa con solo 8 años de edad, es harta explicada hoy día por todos los libros de historia de la música europea interesados por los distinguidos vástagos de las familias (y generaciones) de músicos como los Scarlatti (en Italia), los Couperin (en Francia), los Benda (en Bohemia), los Bach (en Turingia) y los Mozart (en Salzburgo), entre los más conocidos. Es decir, con idéntica presión familiar de pertenecer a un linaje de músicos que han recibido no sólo la credibilidad de una vena artística que legitima, por derecho a ella, la gloria de sus antepasados músicos, sino también la tradición de una efectiva enseñanza musical desde la cuna, que permite mantener la condición de niños prodigios en varias generaciones de una misma familia. Baste en este sentido recordar que hasta el nacimiento de Teresa Carreño, nueve miembros de tres generaciones de la familia Carreño habían sido reconocidos en Caracas, a través de diferentes condiciones y exigencias musicales, como destacados cantantes e instrumentistas, todos varones porque eran los únicos que podían ejercer un cargo laboral catedralicio desde los 6 años de edad.
Descartando pues la evidencia de que Teresa fue la única de tres generaciones de niños prodigios Carreño que tuvo la oportunidad de mostrar sus tempranas y excepcionales dotes musicales familiares en un gran escenario urbano como Nueva York, debemos preguntarnos: ¿Qué exigencia cultural, si no era pues únicamente la familiar, habría podido existir en Venezuela para que una niña de tan sólo 6 años de edad tocara diariamente 580 ejercicios pianísticos preparados por su padre, para que a los 8 años de edad pudiera interpretar obras de enormes dificultades técnicas y expresivas como el Capricho Brillante, op. 22, de Felix Mendelssohn (1809-1847), alcanzando una maestría artística superior a la de cualquier niño prodigio hasta entonces aclamado en los principales escenarios de los Estados Unidos y Europa, cuando todavía a mediados del año 1862 la principal meta de vida conocida para Teresa Carreño, a semejanza de la de sus familiares músicos que habían sido también niños prodigios, era seguir viviendo en Caracas? En otras palabras: ¿Qué nivel de exigencias musicales si no eran pues las tradicionales familiares permitió a Manuel Antonio preparar a su hija Teresa, siguiendo su efectiva escuela musical catedralicia, para tocar a un nivel de perfección y exigencias artísticas que sólo la oportunidad de salir del país demostró superar, con creces, las aspiraciones musicales para los niños prodigios de su edad en cualquier lugar del mundo?

Como respuesta tenemos que la habilidad musical de Teresa Carreño no sería sino la misma que tuvieron tres generaciones de niños prodigios Carreño pero la única aclamada por críticos expertos internacionales, aun cuando todos habrían pasado por idénticas exigencias educativas para iniciarse en la música, primero vocal y luego instrumental, sólo variadas por las necesidades y disponibilidades compositivas, sociales y principalmente laborales de cada generación. Además, no se conoce el nombre de destacados cantantes y pianistas venezolanos internacionales anteriores a la aclamación en Nueva York de Teresa Carreño, por lo que no se puede (ni debe) descartar que Manuel Antonio (cantante, organista y maestro de capilla) fuera también un virtuoso del piano a quien le faltó en Venezuela el experto crítico musical que pudiera informar a tiempo a su padre (como sí lo tuvo el de Teresa) sobre la ventajosa condición que se le ofrecía como niño prodigio para proseguir con éxitos artísticos y económicos la carrera profesional como músico internacional, con hábiles profesores, expertos críticos y exigentes públicos que sí contó Teresa Carreño. Por el contrario, se registra en actas eclesiásticas (sin precedentes) que cuando Manuel Antonio sustituyó a su hermano mayor Juan Bautista en el cargo de organista, desde el 10 de noviembre de 1826, contando sólo 13 años de edad, el Cabildo mandó un comunicado a su padre y maestro de capilla para advertirle que no bastaba ensayar, practicar y adiestrar a su hijo en la ejecución de dicho instrumento musical sino que además le debía prevenir al niño de tocar el órgano de manera “devota y gravemente como corresponde en las iglesias catedrales”. En cierta manera, se implica que el niño Manuel Antonio era conocido, a muy temprana edad, por gustarle tocar el órgano con mayor ímpetu y energía que el sugerente lento y pausado (y por lo mismo quizá hasta fastidioso para un niño de talento) que se correspondería con la manera “devota y grave” exigida por el Cabildo eclesiástico para la ejecución de la música catedralicia caraqueña en la época.

El destino quiso, en todo caso, que Teresa Carreño fuera la única de los niños prodigios de la familia Carreño en exponer a la crítica internacional el trascendente legado educativo catedralicio de tradición paterna que se remonta al siglo XVIII. Tradición masculina generacional como maestros de capilla que sólo la habría podido heredar José Ciriaco “el sobrino” de su padre José Cayetano Carreño-Muñoz de no haber muerto éste muy joven, ejerciendo el cargo en la catedral, en diciembre de 1842. Con esta muerte, la familia Carreño se despidió para siempre de la tradición musical catedralicia transmitida directamente de padre a hijo, ocupando reconocidas labores profesionales públicas como músicos meritorios, cantantes, organistas (e instrumentistas) y maestros de capilla, hasta que Manuel Antonio tuvo la oportunidad (y sin duda también las herramientas musicales familiares) de legar dicha tradición catedralicia a su talentosa hija, a pesar de que a ésta no le deparaba ni siquiera la posibilidad de ser cantante de la capilla musical en Venezuela. En todo caso, debemos a Manuel Antonio haber tenido la imaginación necesaria (y el profundo interés por la pervivencia de la tradición familiar) para transformar su legado educativo catedralicio, reconocido principalmente en la efectiva tradición de los varones Carreño llegados a “maestros de capilla”, en un método de enseñanza vocal y pianística con el cual adaptar la excepcional disposición musical de su hija a las nuevas necesidades artísticas de su generación, llevándola a convertirse como sabemos (manteniendo en cierta manera la lógica consecuencia de su excepcional tradición familiar catedralicia) en la primera “maestra de piano” venezolana de prestigio mundial. Culto internacional a la destacada artística que legitima, con la justa veneración de sus restos mortales en el solemne Panteón Nacional, una hermosa historia familiar de niños prodigios. Teresa Carreño, el último prodigio de una efectiva escuela musical catedralicia en Venezuela.

Lecturas recomendadas:

ALCIBÍADES, Mirla. Manuel Antonio Carreño. Colección “Biblioteca Biográfica Venezolana” de El Nacional, vol. 12. Caracas: Editorial Arte, 2005.
CARREÑO, Teresa. “Possibilities of tone color by artistic use of pedal”. Edición facsimilar realizada por David Coifman. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 67-103.
COIFMAN, David. “Recuerdos americanos de Madame Teresa Carreño”. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 41-65.
COIFMAN, David. “Teresa Carreño es más que un mito”. El Nacional, Cuerpo B-8, 17 de diciembre de 2003.
COIFMAN, David. “‘Bajo la forma de un ángel’. La visita de Teresa Carreño a España (1866)…y otros nuevos datos biográficos”. www.mundoclásico.com / Publicado, el 22 de diciembre de 2011.
GUTIÉRREZ, Jesús Eloy. Para conocer a Teresa Carreño. Caracas: Gráficas León, C. A., 2003.
MANN, Brian. “Nuevas apreciaciones sobre el comienzo de la carrera musical de Teresa Carreño: años 1862-74”. Revista Musical de Venezuela, XVIII / 43 (2001), pp. 14-39.
MEISSNER, Inés. Vida, labor y obra de la pianista venezolana María Teresa Carreño. Caracas: Italgráfica, 1989.
MILANCA GUZMÁN, Mario. ¿Quién fue Teresa Carreño? Caracas: Alfadil, 1990.


MILANCA GUZMÁN, Mario. “Teresa Carreño: cronología y manuscritos”. Revista Musical Chilena, 42 / 179 (julio-diciembre, 1988), pp. 90-135.
MILANCA GUZMÁN, Mario. Teresa Carreño: gira caraqueña y evocación (1885-1887). Caracas: Cuadernos Lagoven, 1987.
MILINOWSKI, Marta. Teresa Carreño. Traducido del inglés del original Teresa Carreño: by the grace of God (1940), por Luisa Elena Monteverde Basalo, con notas de Walter Guido y Mario Milanca. Caracas: Monte Ávila Editores, 1988.
ROJO, Violeta. Teresa Carreño. Colección “Biblioteca Biográfica Venezolana” de El Nacional, vol. 17. Caracas: Editorial Arte, 2005.

Fotografías: "Archivo Histórico Teresa Carreño" /Colección Fotográfica Centro Documental, Teatro Teresa Carreño, Luis Brito (1998).

Madrid,  diciembre de 2013
*Pianista, musicólogo venezolano, miembro de la Academia Nacional de la Historia.